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7 abr 2020

Museos: Entre aburrimientos y otras diversiones*

En el último trimestre de 2018 se inauguró el museo del pasillo; mención aparte merece la exposición ‘Contaminados’ en el MAAC de Guayaquil, que exhibió obras que en otras décadas estaban prohibidas en la misma ciudad. Hace un tiempo en Quito, el festival Al Zurich cumplía quince años de arte independiente; les ofrecieron un espacio de exposición en el CAC, la mayor disyuntiva que se plantearon sus creadores y gestores fue si entrar o no al museo después de 15 años de exponer en espacios alternativos.

¿Cuál es el valor del museo en el 2019? Pero no como año nuevo, sino como sinónimo de actualidad. ¿Por qué siguen habiendo museos en una era en la que todo es digital? ¿Sigue yendo la gente al museo, cuando siempre fue en los indicadores, el espacio artístico cultural que menos visitas generaba? ¿Cómo hacemos los artistas entrar a la gente al museo en un sistema como este?

Planteo este debate porque el ‘boom’ de exposiciones (más largas, y más frecuentes) que se exhiben en estos últimos dos años como mucho, hablan del carácter de una nueva generación de artistas, que ven un espacio en los museos. Sé que lxs queridxs lectores pensarán: pero si siempre han existido los museos, y yo deberé agregar que sí; pero las obras que se exhiben ahora, son bastante más lejanas a las clásicas figuras Valdivias, Chorreras, cerámicas de civilizaciones y lanzas de etnias que casi no conocemos, y de los enoooooormes textos curatoriales que hacían la experiencia, para un grueso de la sociedad, bastante aburrida.

¿Qué cambió? La visión del artista es la que hizo deslegitimar espacios como el museo, como ese inodoro puesto en exposición, cuando la quisieron subastar fuera del museo perdió validez porque solo el museo legitimaba su valor. Entonces es el artista el que legitima su arte fuera del museo. Como Bansky que tomó la subasta de su trabajo, como un escupitajo en la cara del consumo del ‘arte’, que parecía decir: el arte verdadero está fuera de aquí.

Me quiero detener un instante en la obra ‘La adolorida de Bucay’, exhibida en el MAAC (pleno malecón de Guayaquil, espacio siempre vetado y absolutamente intervenido por la Alcaldía del puerto). El artista fue impedido de exponer porque para el año de creación, el conservadurismo y el machismo imperante (aún) era tan extremo, que nadie podía imaginarse un retrato de la virgen Dolorosa con el rostro de Lorena Bobbit[1] flagelando un pene, era una herejía máxima. ‘Contaminados’ no solo mete al museo la obra, sino que invita a Zúñiga Albán a que se burle de quienes le negaron la entrada por décadas.[2]

Hoy por hoy se construyen muchísimos más museos, y más de dos tercios del país jamás tocan uno. Por eso las muestras de arte desde el grito opositor, rebelde, un tanto dicotómico, aunque cuestionable es importante.

Debe abrirse un debate, muchos museos están metiendo cafeterías, como si necesitaran un atractivo ‘más bonito’, ‘mejor’, algo ‘entretenido’ para que la gente pueda ir aunque sea a hacerse fotos. Yo no creo que eso sea algo malo, pero sí me cuestiono el lugar de privilegio que genera el museo. Lucía Durán fue una de las curadoras de una exposición en La Ronda, en el centro de Quito, donde expusieron cómo los vecinos, los habitantes y la sociedad perteneciente al barrio sentía parte de su ser incluido en las paredes de aquellas casas patrimoniales rodeadas de geranios que nadie riega.

Que hable la gente: Y había (dentro del museo) calzones de mujeres intervenidos por ellas mismas con leyendas como ‘yo soy la ronda’, ‘yo amo la ronda’. ¿No es eso arte? ¿Por qué sí es y por qué no es? Hay que meditar las respuestas, porque si consideramos que eso es arte, se abre inmediatamente la pregunta sobre qué va a pasar si ese calzón sale del museo ¿Sigue siendo arte fuera de él?. Si pensamos que no, cabría preguntarse qué potestad tenemos y quién nos la dio, para asegurarlo.

En México, la muestra LGBT+[3], tuvo la mayor cantidad de visitantes en la historia de la museografía en el D.F., una exposición que contó con un trabajo curatorial tan cuidadosamente trabajado, que había gente llorando, miembros de la comunidad que salían con sus familias al fin sintiendo que les reconocían, ya no como los raros, tal vez tampoco como los aceptados, pero ya no eran más los incomprendidos, al menos por un momento.

La obra consistía de una serie de clósets que abrían una serie de datos, estadísticas, evidencia, y un traslado por cómo se construye a una mujer y se construye a un hombre desde la sociedad. Esos mismos curadores evidenciaron cómo se tomaban más de 2 horas en el recorrido de toda la muestra, en cada clóset abierto había información valiosa, y al final los espectadores salían de un gran clóset. Ojalá hubiera una réplica de este trabajo en Ecuador.

El trabajo de los museos está en ser un espacio que ayude a cuestionar. No puede seguir siendo el sitio en el que haces silencio, en el que expectas sin entender, en el que ves civilizaciones que consideramos muertas o lejanas a nosotros. No pueden seguir siendo espacios donde no te detienes a leer porque los textos son largos y aburridos.

A la vez creo que el trabajo de los espectadores es preguntarnos qué nos exhiben, y por qué dejamos que los museos tengan la última palabra, por qué no nos preguntamos por qué un falo hecho de cartón lleno de toallas sanitarias es arte, un canasto de huevo es arte, los apodos de todo un barrio son arte[4]; y por qué eso nos conmueve más ahora, que ver una tzanza por enésima vez en museos llenos de letreros de ‘no tocar’.

Hay que cuestionar, hay que cuestionarse, los museos deben seguir existiendo, desde mi perspectiva. Pero en un siglo que hace réplicas de todo, que publica todo en redes, que no deja la etiqueta de único, original, auténtico, sino como palabras al azar que nada significan; lo inteligente es no educar a nadie mediante las exposiciones, sino generar más preguntas, irse a la casa con más y más dudas, que obliguen a leer, a interpretar, a buscar información y que generen crítica. Ese será un verdadero espacio aprovechado.



[1] La lojana se convirtió en famosa, al cortar el pene de su marido en los Estados Unidos.
[2] Exposición ‘Contaminados’. La fotografía es mía.
[3] LGBT+ Identidad, amor y sexualidad, México D.F, México. La fotografía es parte del archivo personal de la curadora Lucía Durán.
[4] Todas estas, muestras exhibidas en la obra ‘Contaminados’ en exposición en el MAAC, Guayaquil.



*Texto originalmente publicado en krigstudium.wordpress.com

22 feb 2020

Lapapié Teatro Clown

Desde que vengo a Guayaquil, cuando he podido apreciar el trabajo verdaderamente artístico cultural de la ciudad (tan delgadamente confundible con el trabajo comercial que mete algún truquillo del arte, pero que no es lo mismo), me quedo con un sabor dulce.

Lo primero fue ver a EnAvant con sus trabajos exquisitos de danza, muy bien logrados y pulcros. Esta vez le tocó el turno al espacio de una amiga muy querida, maestra de la danza y gestora cultural de primer nivel. MADA Cultura ofició como el lugar para la presentación de Lapapié Teatro Clown.

Estuve en la sucursal norte de un espacio comandado por Alejandra Daza, quien se dedicaba a hacer las 12 horas por el arte en Guayaquil, pero por falta de público y de recursos tuvo que suspender. Esos años dedicados a este encuentro precioso de arte, le generó muchos contactos relacionados a todas las artes y entre ellos conoció a Lapapié y los invitó a Mada.

Presentaron la obra "Hambre", que retrata en la figura de tres clowns, la vida de un artista y su explotación y su soledad, y su compañía y el amor a su creatividad e imaginación desde la lúdica del clown. Me pareció una obra sencilla pero muy recursiva, usaron audiovisuales y varios elementos que vinculaban al público y usaron agua ¡Se agradece tanto eso en Guayaquil!, muy divertido y muy bien logrado.

Sigo pensando que Guayaquil es un semillero donde el arte crece como un árbol erguido, deberíamos aprender de ello en Quito.

Buenas actuaciones, buen manejo escénico, buena interacción con el público, comicidad y complicidad; eso fue Lapapié. La próxima vez que tengan oportunidad de ver a este trío de clowns "costeros", no se los pierdan porque les va a encantar su trabajo.

Así mismo, no dejen de ir a MADA Cultura, pues su compromiso con el arte de la ciudad es profundo, lo sé de primera mano. Síganla en twitter como @MADAcultura y busquen qué actividades les son de más interés en su matriz al Sur, o en su sucursal al norte.

9 jul 2019

Lágrimas negras

Cuando pienso en por qué nunca me pude dedicar de lleno al periodismo, llego a la conclusión de que nunca pude dejar mi egoísmo, siempre me centré más en mí que en mis entrevistad@s. Siempre me preocupaba más el impacto que sus palabras y sus presencias hacían en mí.

De toda la gente que entrevisté, y de la que miro a diario, me percato que no puedo deslindarme de analizar cada movimiento, cada mirada, cada palabra, lo cual está bien; pero luego lo pongo en relación a mí. Así fue como me di cuenta que lo mío era dirección actoral a no actores. Mi maestra es la que nos enseñaba a escuchar así, con todos los poros, pero no en búsqueda de algo en el otro, sino en el impacto que puede generar en mí.

Es así que en ese lino blanco de psicología, miro con atención y escucho con todos los sentidos, no solo con los oídos. Aprendí a callar, solo escuchar con los sentidos bien despiertos. Tengo dos personas de las que quiero esta noche conversar, ambxs, mis compañerxs de maestría. No puedo incluir sus nombres porque tampoco he pedido permiso para hablar de ellxs aquí.

Ella.

Tiene las lágrimas tan fáciles como la risa, pero de esas risas a carcajadas. Su vida es un poema, su historia es un cuento que narra mientras camina, que narra mientras mira con esos ojos tan dulces e inocentes. A la gente como ella, vivir una vida más que dura, parece impermeabilizarla cada vez más, al tiempo que le va humanizando y dando más calidez a su abrazo y su sonrisa.

Mientras me habla me pregunto cómo puede sostenerse en pie luego de todo lo que ha vivido, cómo alguien que ha llorado tanto puede tener un corazón tan alegre, y cómo su dolor y su esfuerzo han construido solo amor a su alrededor. Me aguanto las lágrimas yo misma, para no ceder a la vida, que en el relato de esta integralmente bella mujer, me va mostrando las garras de lo injusta que es frente a la gente que sueña.

El manso Guayas, siempre manso, se va llevando la pena... su pena y la mía.

Me siento afortunada, siento que el Caribe habita en ella, me da gusto poder haberla encontrado. Me abriga el corazón poder haberme cruzado en su camino, y poder contribuir a curarnos las heridas mutuamente. Solo sé cuando la veo, que la felicidad existe, y que es una elección. Que la fuerza de una mujer, tristemente, crece cuanto más grandes son sus reveses. Que ser mujer es tener en vez de piel, cuero. Que como las palmas cubanas, puedes bambolearte para todas partes, pero no vas a caer.

Él.

Hay hombres que te halagan cuando te miran. Este hombre me halagó doblemente cuando, luego de mirarme, habló conmigo. Yo le vi siempre admirable, y ahora le veía humano. Me permitió entrar en un terreno de su corazón tan íntimo, que nunca entendí bien cómo fue que logré llegar ahí.

Fue fuerte escucharle porque detrás de su figura tan masculina, y tan brusca; aparecía frente a mí casi un osito de peluche, con unos ojos brillantes que nunca había visto, con una parsimonia en la voracidad de su voz que no termino de interpretar. Me atropelló escucharlo, me atropelló sin siquiera haber visto que venía un vehículo por la calle. Me atropelló lo que vi, y me atropella cada movimiento que no veo venir.

Encuentro en su presencia, el recuerdo grato de que la lealtad es un deber que se adquiere sin titubear.

Jamás he conocido alguien a quien no pueda predecir, que no sepa lo que va a hacer o decir. He estudiado tanto la conducta humana, tanto sé entender lo que pasa por el corazón y la mente de un ser humano, que no logro comprender como este hombre me atropella todo el tiempo. No logro siquiera levantarme del atropello anterior, y otra vez me arrolla.

A estas dos personas lindas, humanas, con una vida muy distinta a la mía pero con corazones que me enamoran, muchas gracias. Por elegirme. Por dejarme entrar. Por compartir lo más sensible y humano de lo que les duele, de lo que les molesta y de lo que les alegra. Hay una razón por la que estamos juntos en esto. Van en mi corazón para siempre.

3 jun 2019

I-NE-NA-RRA-BLE

Tengo que escribir antes de que se me borren las sensaciones del cuerpo, tengo que escribir antes de que se pierda 'la' sensación.

Me relaciono de cierta manera con cada persona y este fin de semana casi he estado ausente. Mi maestro, Arístides Vargas, quien parte su poética dramatúrgica siempre desde el exilio, dice que el exilio no es solo un país o un lugar físico. También es una sensación de no encajar, de no pertenecer, de saber que el sitio donde estás, no te incluye, que estás ahí, pero no estás, y tampoco en otro lado.

Este fin de semana me han dado un abrazo ausente, y yo di varios también, sin embargo cuando el abrazo ausente me lo dieron a mí, fue palpable lo frío y pobre que puede sentirse mi corazón cuando la otra persona, el otro par de brazos, no está.

También este fin de semana, encontré calma en el río Guayas. En este episodio de exilio que vivo, el exilio interno del que habla Arístides, fui a fundirme en el calor, en el sudor, y en las olas de colores que forman figuras en el cauce del río Guayas, siempre manso, nunca detenido, tan oscuro e impenetrable como mi alma, tan frío y movedizo como mis sueños.

El río, que es una evocación de las lágrimas de todos los que allí llegamos, sea de visita o a quedarnos; se convirtió para mí en el lugar al que acudir siendo invisible entre tanto ruido, y entre tanta gente. 

Nada más cercano al exilio que rodearte de cientos de personas, y sentir que no ves a nadie, y que nadie te mira.

Luego voy, a 'Pluma y la tempestad', de Arístides mi maestro. Montada por estudiantes que, como yo alguna vez, empiezan este camino de redescubrirse desde el exilio. Yo no fui a ver la obra, aunque sí; fui a darle las gracias a mi maestro, a darle un abrazo, estamos cerca de su cumpleaños y pienso que no le he agradecido lo suficiente por lo que él y su trabajo han hecho por mí.

Y luego vuelvo, parto de ese encuentro, llego a ese encuentro, giro alrededor de ese encuentro, y construyo un relato que me permite mirar mis relaciones interpersonales con quienes me encuentro en Guayaquil desde hace un tiempo ya. Temiblemente cercanos, más que nunca, inenarrablemente.

Y lo que siempre he visto como normal, los tratos que siempre fueron comunes; este fin de semana se volvieron íntimos, y esos espacios tantas veces caminados, se convierten en especiales. Esos ojos, esos rostros, esos tonos de voz que me habitan desde hace un tiempo que llegué a Guayaquil, se me convierten en otra cosa, en algo que no sé narrar, que no sé organizar tampoco.

Boté en el viento, con dirección al Guayas, un montón de ruido interno en forma de silencio. Callé todo lo que pude porque había tanto sonido dentro mío. Y mis oídos escucharon lo que nunca esperé escuchar, y mis ojos vieron lo que nunca busqué ver, y mi corazón sintió cosas que hace tiempo había dejado de sentir. Todo inenarrable, todo como si fuera nuevo.

No me hallo, camino inerte, pero hay vida en lo que me dan los demás, hay vida en lo que recibo. La magia de Guayaquil, es que hay tanto movimiento que tus ojos miran mucho más despiertos. A pesar de ello no he estado ni en un cuarto de energía. Pero a mí, me inyectaron todos todo lo que tenían.

Quiero dormir, o comer normalmente, ahora que ya no estoy en Guayaquil. Quiero mirar en perspectiva esos pequeños dolores que te hacen reír, quiero ser ese 'otro yo' que habita el universo quiteño como un transeúnte que no existe. Porque allá no pertenezco, y acá no me puedo mirar. Así son el amor, el sueño y el dolor. Inenarrables.

26 may 2019

El perro del hortelano

¿Por qué se hizo el Festival de Artes Vivas en Loja? ¿Por qué la Universidad de las Artes se hizo en Guayaquil? ¿Por qué Pichincha siempre tiene más fondos que el resto de provincias? ¿Por qué tú sí y yo no? Somos seres con la incapacidad de ver lo que el otro me propone, lo que el otro me ofrece. Vivimos ante la imposibilidad de auto observarse y de cuestionarse a uno mismo tanto como cuestionamos a los otros

No hay manera de salvarse, en este siglo estamos ante la mirada juzgona de todo el mundo. Todos somos expertos en todo, nosotros somos perfectos; los que están mal son los otros, los que fallan son los otros, los que se equivocan siempre y no hacen, dicen, piensan o son nada válido son los otros. Los malos son los otros, los tontos son los otros, yo no. Yo no soy tonto, ni malo, ni incapaz, ni me equivoco, ni digo, pienso, ni soy nada incorrecto. Recordemos que yo soy la encarnación de la perfección.

Esa fábula de Esopo, la del perro del hortelano, ejemplifica a todas luces la sociedad actual en el terreno del arte con  la moraleja siempre clara, ni comemos ni dejamos comer. Es chistoso porque los artistas en Quito piensan mucho que tienen la razón, que lo que los otros hacen está feo o mal, y que lo que yo hago es perfecto. No aprendemos a mirar el arte desde la propuesta, no tratando de ver lo que yo pienso replicado en otros, sino justamente los diversos puntos de vista aunque me den vuelta al estómago y me revienten la bilis.

Me doy cuenta ahora, que viajo a Guayaquil cada quince días, cómo en Quito todavía existe este aire de ciudad superior, este aire de ‘los monos no hacen arte’, ‘los monos no tienen arte’, ‘¿qué saben los monos de arte?’. Pero es todavía más triste que eso pase en Quito; donde por poner un ejemplo, solo el teatro de la Universidad Central es válido. Los demás, no importa cuánto ni dónde hayamos estudiado, jamás tendremos técnica frente a los actores salidos de la Universidad Central.

Yo quiero reflexionar sobre lo que he visto en Guayaquil, un arte urbano contestatario y protestante, con un trasfondo político, súper reprimido por supuesto, pero existente. En Quito los ‘artistas urbanos’ solo firman, solo vandalizan. Y me atrevo a usar esa palabra tan escandalosa, porque sí considero vandalismo, que no haya un discurso político detrás de más del 80% de grafitis en Quito.

Si los mal llamados ‘grafiteros’ de Quito, conocieran la historia del grafiti, la razón de ser del grafiti, el nacimiento y contexto que dio origen a que el grafiti fuera una forma de expresión increíblemente urbana, y que hace de la calle la más nueva galería de arte, se dejarían de estar perdiendo spray y perdiendo paredes al realizar labores sin nada de contenido y sin nada de propuestas.

Acá en Quito se confundió el concepto de arte. Acá en Quito se confunde la libertad de expresión con haga lo que se le dé la gana sobre el trabajo de otros. El arte de la calle es efímero y es su regla tácita, sé que lo que yo hago muy pronto lo va a cubrir otro arte. Y así doy espacio a que todos seamos visibles, mi propuesta y tu propuesta. En Quito eso no pasa. Quito se cree una diosa intocable, y no mira que sus ciudades hermanas, como Guayaquil o Loja, a las que tanto critica y reclama, nos llevan años luz de apuesta cultural, de formación artística crítica.

Eso pasa en todas las artes en esta ciudad, y por eso es tan difícil crear colectivos o hermanar a las artes para que hagamos una contrapropuesta de ley, o aprobemos entre artistas la que tenemos, o generemos nuevos espacios de diálogo y debate; porque no escuchamos para entender, sino para contestar. Entre nosotros mismos nos hundimos, entre nosotros mismos intentamos ahogar al otro.

En el arte, hay una relevancia infinita de tomar en cuenta lo que el otro me propone, porque me enriquece, porque me cuestiona. Hasta para decir yo no quiero hacer eso hay que verlo. Y sería increíble que al ver un trabajo malo, podamos mencionarlo desde la construcción y decir: estuvo flojo, pero voy a volver a venir para que mejores tu trabajo, y pido que levantes la vara, pero yo te ayudo a levantarla.

Habría que despojarse de esos eurocéntricos ideales estéticos en que nos queremos parecer a lo perfecto. Habría que mirar más hacia adentro y notar que las artes tienen colores, todos los colores, no solo los que nos gustan a nosotros como individuales. Habría que notar que todos tenemos espectros variopintos y que todos son válidos. Habría que legitimarnos entre todos. La razón de que el universo artístico cultural en Quito no sea un universo sino un barrio, se debe a nuestras actitudes egocéntricas que reprimen las ofertas ajenas.

Propongo grandes mesas de trabajo, mesas de diálogo donde se le dé la palabra a todos y todos la usen con respeto y proyectemos todos, una apuesta conjunta por el arte. Si nuestro amor por el arte es tan grande como predicamos en redes o en nuestros discursos casa adentro, seamos capaces de hacer réplica de ello conversando con los otros, con los diferentes, con los desiguales, con los subalternos. La gestión cultural se hace desde todos los frentes, aprendamos a mirarlos.

5 feb 2019

11 Cosas que me sorprenden de Guayaquil

Cada 15 días que piso Guayaquil me digo a mí misma, voy a hacer una lista con todo lo que me sorprende de Guayaquil. Así han pasado ya seis meses y al fin llegó la hora de enlistar las que, en primer paneo, he registrado como sorpresivas en mi calmada y serrana vida de visitante en la urbe porteña.*

Seguro para una persona que habite en la ciudad perla esto serán solo tonterías de su cotidiano, pero para una persona de afuera, esto no es para nada común. Pongo en evidencia cosas que se podrían mejorar, y las buenas, que se deberían replicar.

11 Cosas que me sorprenden de Guayaquil. Parte I

1.- Tanto movimiento y tanto sonido: Guayaquil nunca está en silencio, y siempre hay algo que mirar, es imprescindible estar con los sentidos súper despiertos para no perderse nada, todo se mueve y todos se mueven, tanto color, tanta gente, tantas cosas que pasan a la vez, los ojos se te vuelven locos con tanto para mirar.
El tema del sonido uf. Imposible que no se percaten de los pitos de los carros, en serio todo mundo pita, para una quiteña es rarísimo que la gente pite así, es extremo y a la máxima potencia, se pita muchísimo en Guayaquil. No es que en Quito la gente no pite, pero así como en Guayaquil; les aseguro, ni punto de comparación.

2.- El camión de la basura: Todos los viernes a las 21h00 y un poco más, luego de salir de clases corro a la esquina a filmar el camión de la basura, sé que en muchas ciudades del país el camión de la basura suena, pero en Quito no. La melodía es tan pegajosita que me encanta, siempre salgo feliz de la vida porque me llama muchísimo la atención. Al respecto hay todo un debate sobre el tema que eligió la Alcaldía, pero es tema de otro post.**

3.- La sinceridad de quienes habitan en la ciudad: Nunca pero nunca te va a pasar que un guayaquileño o guayaquileña se quede callado ante nada, siempre te va a decir lo que piensa hayas o no pedido su opinión, igual vas a saber si les gustas, si no les caes bien, si algo les molesta o una práctica se debe hacer reiterativa. Tanta sinceridad, como que no es bien vista en Quito, porque la gente en Guayaquil no tiene filtro, eso podría sonar tosco, pero realmente es exceso de sinceridad. La perla es la ciudad del Ecuador donde no conocen la palabra hipocresía.

4.- El orden en el sistema de transporte: Y sé que este punto va a desatar muchas controversias, pero todo es en relación a Quito. Hay much@s amig@s que me han dicho que Guayaquil es un caos, pero no es lo que yo percibo. Gente que respeta la tarifa, las paradas, los asientos preferenciales (en serio es súper sorprendente); supongo que el sistema es perfectible, pero mi percepción es que en verdad la gente agarró el hilo de cómo debe funcionar el transporte urbano, y está a años luz de Quito, en positivo.

5.- La forma de manejar de l@s guayaquileñ@s: Ligado a este punto anterior, cuando estoy a punto de elogiar lo maravilloso del sistema, todo se me cae porque la forma de manejar en Guayaquil es caótica, los carriles no sirven para nada, todo mundo interfiere carril, todo mundo rebasa por la izquierda y derecha sin respeto de nada. Es realmente una cosa tenaz el tráfico que seguramente es animado por el sofocante calor que ayuda a que todos quieran imponer su carácter.

6.- Nadie espera el semáforo para cruzar la calle: Tal vez estoy exagerando, en Quito también pasa a veces, pero acá es loquísimo, nadie espera el semáforo a menos de que sea una situación extrema. Los transeúntes cruzan las calles casi sin ver a los lados, me ha sorprendido muchísimo que está súper naturalizado el ir 'esquivando' los carros en media calle, en cualquier calle y a cualquier hora.

7.- La mirada: Un poco ligado al tema de la sinceridad. Quiero recalcar que en Quito todo mundo camina y anda a su ritmo y en su propio 'trip', nadie se fija en nadie y puedes salir hasta en pijama de la casa que seguro nadie lo nota (estoy exagerando, pero sí puedes pasar desapercibida con una gorra una bufanda y unas gafas). Acá pasa que todavía puedes salir a la tienda como quieras porque eres invisible.
En Guayaquil no puedes hacer eso NUNCA, me ha pasado que desde que llego, la gente me mira de arriba a abajo, hombres y mujeres, ven todo; lo que te pusiste, cómo te queda, cómo eres, te ven enteramente. Es súper súper súper incómodo. Con el tiempo he aprendido que no es mala onda ni morbo, es que la gente es así, mirona, muy muy mirona. Y es infinitamente incómodo.

8.- El aire acondicionado: Es verdad que hace mucho calor, pero no entiendo por qué deben poner en cada espacio disponible el aire acondicionado, y adicionalmente en la intensidad más alta. Tienes golpes climáticos en los que pasas del sudor a chorros, a necesitar un saco en menos de 3 segundos. En verdad no es posible acostumbrarme a un cambio tan brusco. Lo veo innecesario, es decir, podrían poner el aire acondicionado un poco más bajo, pero siempre está a tope, en todos lados. Y luego sales del sitio y sudas de nuevo en 3, 2, 1...

9.- El grafiti: Quienes vivimos en Quito estamos naturalizados a ver todas las paredes rayadas, todas las casas, paredes, lanfors, esculturas, todo todo está siempre intervenido por un tag en su mayoría. En Guayaquil, entiendo que se reprime full el grafiti, pero los pocos que hay, tienen un discurso súper sostenido, no te da la oportunidad de llamarle vandalismo, porque realmente es arte político. Sí te vas a quedar pensando, tanto en lo que ves, como en por qué no ves más.

10.- La alegría y hospitalidad de la gente: Siempre hay buen ánimo en Guayaquil, la gente es muy solidaria y pareciera que siempre están de fiesta, el ambiente es jovial y divertido al 100%, no hay nadie que tenga mala onda o que no te intente ayudar. Solo he visto gente maravillosa en Guayaquil, sin duda esa propaganda de que lo mejor de Guayaquil es su gente, se cumple a cabalidad.

11.- Los árboles: Tuve tooooda una discusión con una de mis compañeras al respecto de esto, porque ella dice que Guayaquil no tiene árboles, que es una de las ciudades en América Latina que menos árboles tiene.
Mi percepción, mi opinión, mi experiencia y testimonio, es que me encantan los árboles que veo en Guayaquil y yo sí veo un montón. Cada esquina, cada cuadra, cada calle está llena de frondosísimos, viejísimos y enoooormes árboles. Puede ser solo mi percepción, pero siempre que llego siento que estoy en el lugar más arbóreo que he visitado para tratarse de una ciudad. Ahí sí dejo el debate entre residentes y visitantes. Mi postura es que deberíamos copiar a Guayaquil y sus tantos árboles.

EXTRA: La ciudad ahora es demasiado linda, yo creo que todo mundo recuerda como era Guayaquil en el pasado, pero es puro pasado. La ciudad está limpia, ordenada, estéticamente bien presentada, y envidiable a los ojos de la capital (o al menos debiera ser así). Quien no se percate del cambio abismal que ha tenido Guayaquil es realmente un ciego.

En los próximos meses, mientras recojo más información de esta lindísima ciudad, les compartiré todo aquello que me haga mirar dos veces. Por ahora voy a disfrutar del calor en todo sentido de la flor morena del Ecuador.

*En un post anterior ya hablo de lo que me ha parecido Guayaquil y las razones por las que estoy en ella. Visite La tierra fértil que esperaba
** La comunidad afro se quejó al gobierno central con la melodía que llevaba el camión de la basura en el puerto principal, pues se trataba del 'Andarele' canción tradicional del pueblo afro. A penas el pueblo afro mostró su molestia, la canción se quitó y fue cambiada a la que actualmente usan.

7 ene 2019

La tierra fértil que esperaba

Hace un tiempo que siento que Quito ya no es mi lugar, amo mi ciudad, pero empiezo a sentir que la ciudad está más fría que antes, y que a diferencia de tiempo atrás, el frío ya ha penetrado en mi cerebro y en mi corazón a tal punto que empieza a enfermarme. Quito ya no es mi lugar. Se convirtió en un espacio donde la crítica social a cada cosa, la inhumanidad, la indiferencia por todo tipo de accionar y el reclamo a todos esos mismos estilos de comportamientos se volvieron insoportables para mí. Respirar me cuesta más, salir me congela a mí también y me vuelve parte de lo invisibles que somos todos en esta ciudad.

Busqué de tantas maneras irme, y por coincidencias de la vida, el mundo giró las vueltas que tuvo que girar y me llevó a la Universidad de las Artes de nuevo, porque previamente ya había intentado convalidar mi carrera artística ahí, pero no había podido. Ahora aparece en el tiempo perfecto. Viajé a Guayaquil y casi al instante encontré la calidez de una ciudad en la que parece estar bien quedarse. Esta ciudad ARDE. Todo ha sido calor desde que llegué a Guayaquil, y yo supe siempre que el calor era mi lugar.

El día de la inauguración lloraba, no sé bien si de la felicidad, o de la satisfacción de sentir que mi sueño de 'cambiar de esquina' estaba haciéndose realidad. Una de las preciosas esculturas que están fuera de la universidad me recibió el primer día como si conociera lo que pensaba y conversó conmigo: "El que aquí llegó con fe, puede darse por seguro hallará la tierra fértil que buscaba, te aseguro". Esa frase, y esta ciudad, cambiaron mi vida.

Llegué a hacer la maestría y encontré todo lo que buscaba, y mucho que ni siquiera sabía que necesitaba y la vida me regaló. Con el despecho en el corazón de sentirme vacía en la ciudad que me vio nacer; de pronto renacía en una que siempre vi con ojos de incredulidad e incertidumbre. Guayaquil nunca ha sido bien vista en Quito, tenemos una tara los quiteños con Guayaquil, de insegura, de sucia, de poco cultural; que lejos, que falsa concepción tenemos, que ignorantes que somos los quiteños, que prejuiciosos, que faltos de interés por investigar.

Hasta ahora, mucha gente en Quito, que juzga lo que pasa entre sus mismas calles, se cuestiona por qué la UArtes 'se hizo' en Guayaquil. Es chistoso palparlo ahora y escuchar a mi propio círculo decirme a mí que no lo entiende. Los invito a que vayan, a que visiten, se empapen, hablen con la gente, conozcan. Guayaquil no es nada de los que fue 10 o 15 años atrás, Guayaquil no es nada del ideario negativo que nos inyectaron los medios y nos impuso la política.

Este espacio, quiero dedicarlo a una ciudad que me genera ilusión visitar cada fin de semana que debo asistir a clases, que me hace feliz cada vez que siento el calorcito que me calienta mucho el alma. Pero lo más cálido de Guayaquil es la gente, es distinta, no sé si mejor a la de la sierra, pero sí muy diferente. Más amplia, más contenta, más jugada. Empezando por la maravillosa familia con quienes me hospedo, que sin conocerme me ofrecen en su misma mesa un plato de comida y una cama, sin quejarse, sin hacer preguntas, incluyéndome y haciéndome parte de ellos.

Mis compañerxs han sido un regalo verdadero, una bendición del cielo o de la ciudad que tanto tiempo he escuchado juzgar. Mis compañerxs, que vienen de todas partes, aunque la mayoría son de la ciudad, me han mostrado un mundo que no conocía, un conocimiento que es nuevo y que jamás creí llevar conmigo por lo que resta de mi vida. Su calidez humana la resumo en cosas chiquitas que han hecho mi día a día.

Antes de irnos (a quienes venimos de provincia) siempre un mensaje de buen viaje, y yo quejándome del clima, y ellxs dándome ánimo. Siempre prestxs todxs a ayudar, a colaborar, a dar su mano amiga a quien sea que lo necesite de cualquier manera. Ahora último, nos dividieron en tres grupos y era el cumpleaños de una de las chicas. Nos esperamos para almorzar, nos quedamos un ratito en la noche para conversar, nos juntamos cinco minutos para cantar los cumpleaños felices del mes. Nos abrazamos y reímos con una sinceridad que me hace recordar a cómo son los amigos del colegio.

Y cada quien hace lo mejor que puede, todxs muestran la mejor versión de sí mismxs. Pato filma todo, nos toca cantar tres veces el cumpleaños feliz porque cada vez faltaba alguien; Rosa dice: yo pago el almuerzo de la cumpleañera (lo cual no es necesario porque la gente de Guayaquil es así, y el dueño del lugar no le cobra un plato a la carta) Roxana pone el pastel, Ale le dice que no, que la mitad, y ella paga la otra. Tania reparte casi quedándose sin pedazo (somos full). Los chicos de fotografía se toman diez minutos más porque ya les espera su profesor, pero nos quieren acompañar a almorzar.

El cariño se siente en el aire. Estar en un equipo que en verdad es muy singular, pero cada unx entrega lo mejor de sí, es un regalo que no esperaba recibir. A eso quiero añadirle la presentación del trabajo de teatro, hace tiempo empolvado. Estuvimos con Malayerba y la obra 'Francisco de Cariamanga', nos presentamos en el marco del I Encuentro Escénico de teatro y pedagogía de la UArtes, que tremendo gusto y honor fue presentarme para mi universidad.

Esa noche estando tras bambalinas y mientras escuchaba la presentación que nos hacían; sonreí hondamente al percatarme de que frente a mis ojos tengo la dicha plena de ver cumplido mi mayor sueño. A veces pedir con fe a la vida desde el fondo de tu corazón, no te da lo que querías, te da lo que necesitas y te hace todavía más feliz. Debo averiguar de quién es esa frase de la escultura, pero indudablemente para mí ya se ha cumplido.