12 jun 2021
Anécdotas docentes: El estigma
7 jun 2021
Anécdotas docentes: De tal palo, tal astilla.
Una de mis estudiantes tenía una vida privada compleja, su madre la había tenido a muy corta edad y su padre la despreciaba; él incluso había llegado a afirmarle a ella misma, que si la iba a visitar o a ver no era porque le interesara sino porque buscaba regresar con su mamá.
Esta criatura era educada por su abuela, quien era una mujer con una historia similar a la de su hija, y estaba sola a su cuidado. Con el tiempo entenderíamos en la escuela la influencia que tenía la señora en la educación de la niña.
Un día, vino a visitarme su abuela, pues la niña le había dicho que yo le dije que era tonta, fea y negra, entre otros adjetivos que yo, por supuesto, nunca usé. Lo cierto es que el departamento de psicología de la escuela me llamó a preguntar por qué reaccioné de esa manera con la niña, a lo cual contesté que no era verdad.
A las semanas siguientes, yo recibía al menos un mail al día, y dos visitas a la semana en relación a las cosas que le decía a la niña. Ella aseguraba que yo le había dicho que me reconocía en ella porque era una niña rebelde que perdió tres veces el año, y que ser así de irreverente era algo que estaba muy bien.
Cuando las mentiras de la criatura salieron de control, hubo un ejercicio del departamento de psicología en que estaba mucha gente involucrada, ahí, frente a mí, la niña volvió a sostener que yo le había dicho lo de perder el año tres veces, y que ella era negra, tonta y fea. Para mí fue un shock muy grande, pues la representante del departamento de psicología me supo manifestar que la palabra de la niña tenía más validez que cualquier cosa que dijera yo.
Al acabar esa reunión, yo lloraba tanto que la misma niña se acercó a ofrecerme disculpas por mentir, pues era su abuela la que le enseñaba a mentir porque decía cosas en casa para ocultar su presencia a su padrastro y tenía con ella prácticas tóxicas, que yo inmediatamente comuniqué a la psicóloga. A partir de que la psicóloga confrontara esto con la abuela de la niña, ella adquirió una fijación en contra mía.
Con el tiempo entendí que siempre debía tener un testigo cuando hablara con la niña, y evidencia de cualquier índole. Para mi sorpresa, las cosas no terminaron allí.
Era el programa de navidad, y entre la locura de las presentaciones nos habían asignado la obra de teatro, es decir el evento central, el auditorio era tres pisos arriba de nuestra aula y había quienes, como siempre, se olvidan algo en el aula, o dejaron algo por allí. Lo cierto es que multitudes de personas van y vienen sin parar de un lado a otro.
El evento de navidad es el último antes de las vacaciones de diciembre y el regreso a la escuela se hace en enero. Cuando el evento terminó, y dejamos todo limpio y listo, salimos a comer con varios compañeros de trabajo. Al querer pagar la cuenta me percaté de que mi billetera no estaba, así que tuve que pedirle al jefe de servicios que por favor me abra el colegio al día siguiente, un domingo.
Llegué al aula y no encontré nada, y yo estaba segura que nunca saqué mi billetera de la cartera. Sin vacaciones porque tuve que sacar todos los documentos de nuevo, me resigné y me enfurecí, pues era la segunda vez que algo mío desaparecía en un evento con padres. Se lo comuniqué a mi jefa y ella me dijo que escriba a los padres, a ver si alguien vio algo.
Inmediatamente supe que era algún padre, porque mi aula siempre permanecía abierta, mis cosas siempre estaban a la mano, y jamás durante clases mis niños se acercaban o tocaban nada. Si solo pasaba en los programas escolares, es porque alguien que ingresaba justo allí era quien tomaba las cosas.
Llegó enero. Ya había sacado mis papeles de nuevo, y había comprado una nueva billetera. Cuando llegué al colegio, una compañera de otra sección me detiene en la puerta y me dice que la abuela de esta niña, la que mentía, la había llamado debido a que quería saber si había cámaras en las aulas porque yo había culpado a su nieta de robarme la billetera. El dato curioso es que yo nunca mencioné a los padres qué era lo que me habían robado, así que era impresionante que lo supiera.
Corrí a contarle esto a mi jefa, quien me llevó a las cámaras de seguridad, que grababan hasta 15 días atrás, pero ya habían pasado muchos por lo que yo no tenía mucha esperanza. Igualmente revisamos y efectivamente, notamos cómo en la cámara se ve a la abuela de la niña en actitud sospechosa; en honor a la verdad, no se le ve directamente tomar la billetera, pues las cámaras registran los pasillos y no las aulas, pero es evidente que retorna a hacer algo que la deja notablemente nerviosa después, y arroja algo en el basurero del baño.
Cuando escribo a los padres un nuevo mail mencionando que, debido a lo ocurrido, ningún padre de familia podrá volver a permanecer en el aula sin mi presencia, la abuela de la niña llega al otro día a decirme que se siente muy preocupada de las "desapariciones" de mis cosas. Jamás se desapareció nada de ninguna criatura. Yo la miro a los ojos y le digo: ya sé quién fue, porque vi el video de la cámara.
Los ojos y la cara de esa mujer cambiaron a espanto, por supuesto nunca me devolvió nada, pero yo me encargué de comunicarlo a todos mis compañeros. La señora nunca más volvió a aparecer en la escuela, y a partir de allí, dejó de ser la representante de la nena, para que sea la real mamá, la que haga frente.
6 jun 2021
Anécdotas docentes: El niño perdido
Pensando en el nuevo aniversario de Voulez Vous y el camino docente que, por accidente, he recorrido; he decidido compartir unas anécdotas docentes en estos 12 años de trabajo que marcaron lo que he aprendido de mis estudiantes niños, adolescentes y adultos, y lo que me enseña esta labor en la que se permanece por vocación y con pasión.
En esta primera entrega, tomo como referencia uno de los trabajos que realicé como monitora en un campamento vacacional, ya habíamos hecho varios, y el inmediato anterior había sido un éxito rotundo, tan es así que me invitaron a participar del siguiente a pesar de que yo había mencionado mi deseo de retirarme de los vacacionales porque consideraba ya no tener edad para el desgaste físico y la demanda anímica que requieren los chicos en vacacionales, que sin duda es una energía distinta y mucho mayor que un año escolar común.
Acepto el reto y viajamos a Latacunga para hacer este vacacional en una empresa del sector, donde las familias tienen orígenes muy humildes, y acumulan múltiple descendencia. Cada trabajador tenía al menos tres hijos, y a todos ellos se les ofertó un vacacional gratis. Como el vacacional en Quito, de donde era originaria la empresa, había sido un acierto y todo mundo terminó feliz, llegar a Latacunga con esas altas expectativas nos hacía sentir orgullosos como equipo.
En Quito habían sido 100 niños, así que el equipo cubrió bien el trabajo. En Latacunga, eran 500 niños, por lo que casi triplicamos los trabajadores para este segundo vacacional e hicimos base en Latacunga ciertos monitores para dar un respaldo más fuerte al seguimiento de todos los chicos.
El primer día del vacacional, elegimos una hacienda gigante cerca de Laso, donde entrara toda la gente. Todo el día transcurrió normal, comimos, jugamos, compartimos, todo estaba como se espera en un primer día, niños que extrañan a sus familias, otros que la pasan muy bien. Nada fuera de lo común.
Se acabó el día, y al subir a los buses escolares que nos llevaban de regreso a Latacunga, algo sucedía y los buses no arrancaban, le pregunto al chofer del bus en que yo iba y del cual yo estaba a cargo, por qué no nos movíamos. Me dice que no le dan la orden de salir. Acto seguido llega el jefe de nuestro equipo y me dice: ¿cuántos niños tienes a bordo?, 45 respondí. ¿Contaste bien?. Sí, claro.
Sale disparado de mi bus y yo vuelvo a contar, y a pasarles lista por cualquier cosa. El monitor jefe vuelve y me dice, dales estos chupetes y vuelve a contar, no aparece uno de los niños. Cuando te asegures de que todos están, dile al señor del bus que cierre la puerta, nadie puede salir. Y te bajas, porque hay que ayudar a buscar.
Así hice, por tercera vez conté a los niños a mi cargo, les di chupetes, revisé la lista, hablé con el chofer del bus. Me bajé.
Esto sería a la salida de la primera jornada, a eso de las 13h15. Comenzamos a buscar en un campo abierto de hectáreas de terreno que colindaba, entre otros, con haciendas ganaderas y un río, en la hacienda donde estábamos había muchísimos animales, así que exploramos los establos, los gallineros, revisamos por baños, patios, casas, lagunas, visitamos varias veces las vacas pensando que quizá nuestro pequeño amigo se había quedado por allí temeroso; buscamos donde los conejos, en el corral de los pavos, etc.
Con el pasar de los minutos comenzaban las llamadas de los otros padres, que esperaban el retorno de sus hijos y los buses no salían hasta que no encontráramos al niño, dentro de quienes buscábamos estaba la jefe de recursos humanos de la empresa a la que le dábamos el vacacional, fue justamente de su bus del que desapareció el niño.
Este niño había ido con su hermana al vacacional, ella no paraba de llorar y buscaba con nosotros, a cada rato le preguntaban si estaba segura que su hermano subió al bus, cuándo fue la última vez que lo vio, cómo iba vestido. Nosotros revisábamos una y otra vez la lista de los buses, la que se hace antes de que los niños suban a los buses, a ver si el niño aparecía y efectivamente, en tierra había estado hasta la última vez que se tomó lista, lo cual indicaba que debía haberse subido al bus.
Empezaba el pánico al pasar las horas, buscábamos en los terrenos colindantes con ayuda de los dueños de la hacienda y los vecinos, buscamos en las riveras del río con un nudo en la garganta y con la seguridad de que nos iban a despedir ni bien llegáramos de vuelta, y no podíamos regresar sin el niño.
Daban las 17h30 de la tarde cuando escuchamos gritos, todos volvimos corriendo al centro de la hacienda, donde se encontraban los buses, los que gritaban, eran los niños del bus de la mujer de recursos humanos, el niño perdido, había estado allí siempre, se había quedado dormido debajo del asiento del final, en un rincón. Y, dormido como estaba, nunca escuchó ni la lista, ni los llamados, ni el llanto de su hermana. Debajo del asiento final del bus, había permanecido sano y salvo.
15 nov 2020
Agradecimientos, versión extendida
El viernes entregué la tesis de maestría y el proceso se cierra. Es como un círculo dorado al que le he dado mucha importancia, y con este título concluyo mi capítulo con la educación.
Para llegar aquí, muchas personas y muchas cosas han pasado por mi camino y quisiera extender mi dedicación y mi agradecimiento a esos seres que hicieron posible que me decantara por hacer esta labor durante tantos años, y que siempre debe conectarse con el arte, y con el pensamiento crítico desde el arte.
Llegué a la maestría luego de un tortuoso final en tercer nivel, entre medio, mi tutor de tesis era removido de su cargo de docente y trasladado a la dirección de cultura de la universidad; a la par, el director del teatro de la universidad se jubilaba, y mi tutor me dice: si haces una maestría, te dejo a cargo del teatro a ti. Yo tenía pensado hacer una maestría, pero no de manera inmediata, así que la idea me movió mucho.
Cuando estaba a punto de iniciar una maestría en una de las tantas universidades en que apliqué, me di cuenta que no era lo que yo deseaba, que la malla me parecía tremendamente rimbombante y mi búsqueda no era esa, así que el teatro quedó a cargo de otra persona. Nos hicimos buenos amigos con el profe Hernán -a quien va mi primer agradecimiento en la tesis- y yo aprendí muchísimo de él, un particular capítulo de las historias que me contaba, tiene que ver con la virgen Dolorosa. A esta virgen, los estudiantes del Colegio San Gabriel de Quito, le profesan una profunda fe.
El profe Hernán, un 25 de diciembre, sin trabajo, y sin tener cómo llevar una cena de navidad a sus hijos, mientras bajaba por la calle Rumipamba, le pide con todo su ser a la madre Dolorosa que le auxilie; acto seguido, un amigo del profe Hernán detiene el auto, lo encontraba de 'casualidad' y le regala 500 mil sucres, como agradecimiento a lo mucho que el profe Hernán alguna vez, hizo por él.
Yo aprendí que hay que creer en lo que no se ve, aunque nadie más crea jamás en esa historia, también me ha pasado que una 'casualidad' me salva la vida al último segundo. Así que gracias al profe Hernán, y a su devoción por la virgen dolorosa, que me hace recordar a mí, la importancia de jugártela, por algo en lo que nadie más cree.
Mi segundo agradecimiento es para todas las maestras y maestros que tuve, los que fueron buenos por supuesto, recuerdo mucho a una profesora en la universidad, llamada Natalia, que me dio 10 minutos 'para defender todo el semestre', porque yo había faltado en la semana de entregas finales debido a que me encontraba trabajando. Debía presentar 6 trabajos, y ella era una de esas profesoras terroríficas. Al final, me dijo que mi producto comunicacional era muy poderoso y me dio más tiempo.
Defendí el semestre, y pasé. Nunca me quedé en nada en la universidad, jamás perdí una materia, nunca perdí un año. Ahora sé, porque soy docente, que ser profesor es la carrera más dura del mundo. Gracias a quienes fueron mis maestros.
Naturalmente mi tercer agradecimiento es a mis estudiantes, a todas y cada uno de los seres que habitaron las múltiples aulas por las que pasé, porque de cada uno me llevo algo, bueno o malo, de todos aprendí algo, bueno o malo. La docente que soy, es el fruto de todo lo que me transmitieron esos cientos de estudiantes. No llegué a la educación con una razón particular, pero sí me quedé porque esas niñas, niños, adolescentes y adultos con quienes me encontré en las aulas, fueron la razón principal para hacer este trabajo todos los días.
Mi último agradecimiento es a Patricio Rivas, mi tutor de la maestría, se pensaría que le agradezco por la tesis pero no es solo por ello, en realidad Patricio es un sobreviviente, no solo de la dictadura y de la vida, sino de la política, en lugar de dejarse consumir por ella, la usó a su favor con una astucia solo equiparable a quienes imprimen su huella sin desearlo. Me encantaría que esa astucia alumbre mi vida.
Patricio se mueve, respira, habla y lleva con él la brisa de todo Chile, y esa brisa, siempre trae vientos de cambio, porque Chile es un país que sabe cómo caerse a cada temblor -geográfico y político- y cómo levantarse quince veces más fuerte. Patricio es Chile, y es como Chile, frío y mar, desierto y cordillera, tierra mapuche, Rapa Nui, Neruda y Mistral, Víctor y Violeta. El viento del cielo, y la brisa del mar.
Gracias, porque podría quedarme horas contando anécdotas de este selecto grupo de cuatro agradecimientos, pero prefiero quedarme con el calor que dieron a mi corazón cada día, no para hacer una tesis, ni una maestría, sino para imprimirle mi propio fuego a la vida.
31 dic 2019
La década de las primeras veces
La falta de él, el exceso de él, las primeras veces haciendo cosas impensadas, el vínculo con áreas que nunca creí posibles. Los equipos que han sido increíbles y otros no tanto. Si bien no me inicié trabajando esta década sino en la anterior, esta es la primera en que me veo en la necesidad de hacerlo y sufro cuando no lo hago.
Esta década está marcada para mí por el accidente más bello, encontrarme con la educación fue una búsqueda que no estaba realizando, pero me dio casi todo lo que quería, buscaba y necesitaba. Entre los centenares de estudiantes que han pasado por mis aulas, y que he recibido con todo mi corazón, están niñxs muy pequeñitxs, adolescentes, adultos. Cada grupo se queda en el corazón, o al menos alguien de todo el grupo de estudiantes, te roba un poco de amor, y te enseña mucho más de lo que puedes imaginar.
Pero quiero asignarle este espacio en el "top 5" a un país que fue mi sueño conocer. Cuba era un país que estaba en mi lista de prioridades en la vida y lo logré, sin imaginarlo siquiera un día solo me armé de voluntad y fui para allá. La Habana es un verdadero espacio-tiempo que no tiene explicación, y que solo terminó de añadir fuerza a esas leyendas de gallardía, de revolución, de resistencia.
Me cuestioné por horas si Malayerba debía o no ir directamente en mi podio de la década, porque el 90% de mí, de lo que soy, de lo que replico, de lo que entrego al mundo, de cómo me relaciono con las personas y las cosas, lleva el sello de mi Laboratorio, que irónicamente fue mi escuela.
La medalla de bronce, se la merece mi maestría, que me ha despertado, abierto los ojos, cambiado, conmovido, cuestionado, vapuleado, vilipendiado internamente, ha sacado la mejor versión de mí, y me cierra la década con un reconocimiento de parte de mis compañerxs que es la cereza a una vida de gestión política desde los rincones, porque nunca he querido nada para mí.
Tuve un lapso de aproximadamente dos años, donde la mala racha que tocaba en el punto 10, no me dejaba de respirar en la nuca. Como familia nos pasaron cosas terribles, a título personal andaba de capa caída y no encontraba trabajo, el desamor me rodeaba, tuve una tras otra de cosas negativas y de un aura muy oscura que parecía no querer irse de mí. Solo la vida sabe cómo pude salir de esa época que parecía no tener fin.
Cuando las cosas marchan mal, lo único que queda es unirte con tu círculo más íntimo y confiar unos en otros. Mi núcleo familiar más cercano se hizo impenetrable en esta década. Mi hermana partió, mi hermano también, mi prima también está lejos, pero como familia somos indestructibles, ahora más que nunca conocemos el significado del acero, porque es en ello en lo que nos hemos convertido.
