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12 jun 2021

Anécdotas docentes: El estigma

Hace unos años, era la profesora nueva que llegaba a dar clases de inglés en uno de los colegios en que trabajé. El Vicerrector académico me dice: tú, con tu carácter tan firme, te vamos a poner a cargo del grupo más difícil. A mí eso ya me pareció un indicador extraño de cómo se relacionaban con los chicos en aquella institución.

Sin embargo, el verdadero shock me lo llevé un día después, cuando una profesora que se jubilaba me dice -déjame ver tu lista de estudiantes-; yo se la paso y saca los ojos mientras exclama -uy, tienes a Daniel Salas*, ya desde ahorita puedes ir haciéndole perder el año.

Casi me caigo de la silla. No podía creer que una profesora pudiera decirme eso de uno de sus estudiantes. Como es sabido, los maestros empezamos clases antes de que los chicos ingresen, así que tenía muchas ansias de comenzar el año y conocer al famoso Daniel, que tan mala fama había ganado con esa docente, y la verdad no era la única que tenía una apreciación similar del estudiante.

Cuando el año escolar inició y me enfrenté a todos estos "estudiantes difíciles", descubrí como imaginaba, que estaban exagerando y que era muy triste cómo veían a los estudiantes allí. Llegó finalmente el turno de conocer a Daniel, sin duda era un muchacho rebelde, indisciplinado, irrespetuoso, no negaré que la primera clase la transformó en una pesadilla para mí.

Joven como era, decidí hacer uso de esa característica para quedarme a solas conversando con él luego de la clase, me parecía mejor tomar al toro por los cuernos. Descubrí un muchacho solitario, con una madre con cáncer, un padre que hacía todo lo que podía para abastecer su hogar y a su familia, y sorpresivamente, el chico era muy bueno en inglés, solo que toda la vida le habían hecho creer que era el peor de su clase y de la escuela.

Daniel se transformó en uno de mis mejores estudiantes, y en las casas abiertas o exposiciones yo siempre lo ponía a él primero, para destacarlo y que todos notaran lo equivocados que estaban. Pero quitarle su mala fama no iba a ser tan fácil. Un día, llegan a la inspección los niños de octavo de básica a decir que dos estudiantes estaban haciendo actos indebidos en el aula. La inspectora fue y encontró a una estudiante manteniendo sexo oral con Daniel.

Lejos de ser una narración moral, quiero transformarla en una narración cronológica de los hechos. Se hizo una comisión disciplinaria y decidieron expulsar a Daniel. Nadie le preguntó nunca su versión de los hechos o cómo pasaron las cosas. La responsabilidad cayó sobre él y la chica fue catalogada y tratada como una víctima.

Como nadie se había dado el trabajo de conversar con él, o de preguntar nada, yo me senté con él en el patio y le pregunté lo obvio, qué pasó. Él me cuenta que la chica lo había besado, eso fue lo que vieron los otros compañeros y segundos antes de que llegara la inspectora, la chica se agachó, le bajó el calentador, y eso fue lo que vieron. Es cierto que él no se negó, sin embargo ella fue quien inició la actividad, y debió ser sancionada al igual que Daniel.

El tiempo me dio la razón, el año siguiente, encontraron a la misma chica en un baño del colegio teniendo relaciones sexuales con otro estudiante, una vez más iniciado por ella.

Daniel perdió el año, no conmigo, sino con otros de los docentes que desde que iniciamos ya tenía en su mente que el chico iba a perder el año por todo lo malo que en él veían. Yo recuerdo con cariño a Daniel, recuerdo sus perspicaces ojos verdes, y su sonrisa malévola que se transformó en mi aliada. Aún ahora estamos en contacto y suele recordarme que nadie vio en él lo que yo vi.

A mí me queda repreguntarme por enésima vez, qué hacen en la educación este tipo de personas que ni siquiera le dan al ser humano la posibilidad de cambiar, de ser otros, de intentar hacer las cosas mejor que en el pasado. Ahí comenzó mi obsesión con la educación, porque como Daniel, hay decenas de estudiantes que llevan sobre sus hombros la carga de lo que pasó antes, de lo que hicieron ayer, de una reputación que les violenta y que llevan consigo muchos años, creyendo que en serio son malos, tontos, insuficientes, malcriados, etc.

*El nombre fue cambiado para precautelar la identidad del chico.

7 jun 2021

Anécdotas docentes: De tal palo, tal astilla.

Una de mis estudiantes tenía una vida privada compleja, su madre la había tenido a muy corta edad y su padre la despreciaba; él incluso había llegado a afirmarle a ella misma, que si la iba a visitar o a ver no era porque le interesara sino porque buscaba regresar con su mamá.

Esta criatura era educada por su abuela, quien era una mujer con una historia similar a la de su hija, y estaba sola a su cuidado. Con el tiempo entenderíamos en la escuela la influencia que tenía la señora en la educación de la niña.

Un día, vino a visitarme su abuela, pues la niña le había dicho que yo le dije que era tonta, fea y negra, entre otros adjetivos que yo, por supuesto, nunca usé. Lo cierto es que el departamento de psicología de la escuela me llamó a preguntar por qué reaccioné de esa manera con la niña, a lo cual contesté que no era verdad.

A las semanas siguientes, yo recibía al menos un mail al día, y dos visitas a la semana en relación a las cosas que le decía a la niña. Ella aseguraba que yo le había dicho que me reconocía en ella porque era una niña rebelde que perdió tres veces el año, y que ser así de irreverente era algo que estaba muy bien.

Cuando las mentiras de la criatura salieron de control, hubo un ejercicio del departamento de psicología en que estaba mucha gente involucrada, ahí, frente a mí, la niña volvió a sostener que yo le había dicho lo de perder el año tres veces, y que ella era negra, tonta y fea. Para mí fue un shock muy grande, pues la representante del departamento de psicología me supo manifestar que la palabra de la niña tenía más validez que cualquier cosa que dijera yo.

Al acabar esa reunión, yo lloraba tanto que la misma niña se acercó a ofrecerme disculpas por mentir, pues era su abuela la que le enseñaba a mentir porque decía cosas en casa para ocultar su presencia a su padrastro y tenía con ella prácticas tóxicas, que yo inmediatamente comuniqué a la psicóloga. A partir de que la psicóloga confrontara esto con la abuela de la niña, ella adquirió una fijación en contra mía.

Con el tiempo entendí que siempre debía tener un testigo cuando hablara con la niña, y evidencia de cualquier índole. Para mi sorpresa, las cosas no terminaron allí.

Era el programa de navidad, y entre la locura de las presentaciones nos habían asignado la obra de teatro, es decir el evento central, el auditorio era tres pisos arriba de nuestra aula y había quienes, como siempre, se olvidan algo en el aula, o dejaron algo por allí. Lo cierto es que multitudes de personas van y vienen sin parar de un lado a otro.

El evento de navidad es el último antes de las vacaciones de diciembre y el regreso a la escuela se hace en enero. Cuando el evento terminó, y dejamos todo limpio y listo, salimos a comer con varios compañeros de trabajo. Al querer pagar la cuenta me percaté de que mi billetera no estaba, así que tuve que pedirle al jefe de servicios que por favor me abra el colegio al día siguiente, un domingo.

Llegué al aula y no encontré nada, y yo estaba segura que nunca saqué mi billetera de la cartera. Sin vacaciones porque tuve que sacar todos los documentos de nuevo, me resigné y me enfurecí, pues era la segunda vez que algo mío desaparecía en un evento con padres. Se lo comuniqué a mi jefa y ella me dijo que escriba a los padres, a ver si alguien vio algo.

Inmediatamente supe que era algún padre, porque mi aula siempre permanecía abierta, mis cosas siempre estaban a la mano, y jamás durante clases mis niños se acercaban o tocaban nada. Si solo pasaba en los programas escolares, es porque alguien que ingresaba justo allí era quien tomaba las cosas.

Llegó enero. Ya había sacado mis papeles de nuevo, y había comprado una nueva billetera. Cuando llegué al colegio, una compañera de otra sección me detiene en la puerta y me dice que la abuela de esta niña, la que mentía, la había llamado debido a que quería saber si había cámaras en las aulas porque yo había culpado a su nieta de robarme la billetera. El dato curioso es que yo nunca mencioné a los padres qué era lo que me habían robado, así que era impresionante que lo supiera.

Corrí a contarle esto a mi jefa, quien me llevó a las cámaras de seguridad, que grababan hasta 15 días atrás, pero ya habían pasado muchos por lo que yo no tenía mucha esperanza. Igualmente revisamos y efectivamente, notamos cómo en la cámara se ve a la abuela de la niña en actitud sospechosa; en honor a la verdad, no se le ve directamente tomar la billetera, pues las cámaras registran los pasillos y no las aulas, pero es evidente que retorna a hacer algo que la deja notablemente nerviosa después, y arroja algo en el basurero del baño.

Cuando escribo a los padres un nuevo mail mencionando que, debido a lo ocurrido, ningún padre de familia podrá volver a permanecer en el aula sin mi presencia, la abuela de la niña llega al otro día a decirme que se siente muy preocupada de las "desapariciones" de mis cosas. Jamás se desapareció nada de ninguna criatura. Yo la miro a los ojos y le digo: ya sé quién fue, porque vi el video de la cámara.

Los ojos y la cara de esa mujer cambiaron a espanto, por supuesto nunca me devolvió nada, pero yo me encargué de comunicarlo a todos mis compañeros. La señora nunca más volvió a aparecer en la escuela, y a partir de allí, dejó de ser la representante de la nena, para que sea la real mamá, la que haga frente.

6 jun 2021

Anécdotas docentes: El niño perdido

Pensando en el nuevo aniversario de Voulez Vous y el camino docente que, por accidente, he recorrido; he decidido compartir unas anécdotas docentes en estos 12 años de trabajo que marcaron lo que he aprendido de mis estudiantes niños, adolescentes y adultos, y lo que me enseña esta labor en la que se permanece por vocación y con pasión.

En esta primera entrega, tomo como referencia uno de los trabajos que realicé como monitora en un campamento vacacional, ya habíamos hecho varios, y el inmediato anterior había sido un éxito rotundo, tan es así que me invitaron a participar del siguiente a pesar de que yo había mencionado mi deseo de retirarme de los vacacionales porque consideraba ya no tener edad para el desgaste físico y la demanda anímica que requieren los chicos en vacacionales, que sin duda es una energía distinta y mucho mayor que un año escolar común.

Acepto el reto y viajamos a Latacunga para hacer este vacacional en una empresa del sector, donde las familias tienen orígenes muy humildes, y acumulan múltiple descendencia. Cada trabajador tenía al menos tres hijos, y a todos ellos se les ofertó un vacacional gratis. Como el vacacional en Quito, de donde era originaria la empresa, había sido un acierto y todo mundo terminó feliz, llegar a Latacunga con esas altas expectativas nos hacía sentir orgullosos como equipo.

En Quito habían sido 100 niños, así que el equipo cubrió bien el trabajo. En Latacunga, eran 500 niños, por lo que casi triplicamos los trabajadores para este segundo vacacional e hicimos base en Latacunga ciertos monitores para dar un respaldo más fuerte al seguimiento de todos los chicos.

El primer día del vacacional, elegimos una hacienda gigante cerca de Laso, donde entrara toda la gente. Todo el día transcurrió normal, comimos, jugamos, compartimos, todo estaba como se espera en un primer día, niños que extrañan a sus familias, otros que la pasan muy bien. Nada fuera de lo común.

Se acabó el día, y al subir a los buses escolares que nos llevaban de regreso a Latacunga, algo sucedía y los buses no arrancaban, le pregunto al chofer del bus en que yo iba y del cual yo estaba a cargo, por qué no nos movíamos. Me dice que no le dan la orden de salir. Acto seguido llega el jefe de nuestro equipo y me dice: ¿cuántos niños tienes a bordo?, 45 respondí. ¿Contaste bien?. Sí, claro.

Sale disparado de mi bus y yo vuelvo a contar, y a pasarles lista por cualquier cosa. El monitor jefe vuelve y me dice, dales estos chupetes y vuelve a contar, no aparece uno de los niños. Cuando te asegures de que todos están, dile al señor del bus que cierre la puerta, nadie puede salir. Y te bajas, porque hay que ayudar a buscar.

Así hice, por tercera vez conté a los niños a mi cargo, les di chupetes, revisé la lista, hablé con el chofer del bus. Me bajé.

Esto sería a la salida de la primera jornada, a eso de las 13h15. Comenzamos a buscar en un campo abierto de hectáreas de terreno que colindaba, entre otros, con haciendas ganaderas y un río, en la hacienda donde estábamos había muchísimos animales, así que exploramos los establos, los gallineros, revisamos por baños, patios, casas, lagunas, visitamos varias veces las vacas pensando que quizá nuestro pequeño amigo se había quedado por allí temeroso; buscamos donde los conejos, en el corral de los pavos, etc.

Con el pasar de los minutos comenzaban las llamadas de los otros padres, que esperaban el retorno de sus hijos y los buses no salían hasta que no encontráramos al niño, dentro de quienes buscábamos estaba la jefe de recursos humanos de la empresa a la que le dábamos el vacacional, fue justamente de su bus del que desapareció el niño.

Este niño había ido con su hermana al vacacional, ella no paraba de llorar y buscaba con nosotros, a cada rato le preguntaban si estaba segura que su hermano subió al bus, cuándo fue la última vez que lo vio, cómo iba vestido. Nosotros revisábamos una y otra vez la lista de los buses, la que se hace antes de que los niños suban a los buses, a ver si el niño aparecía y efectivamente, en tierra había estado hasta la última vez que se tomó lista, lo cual indicaba que debía haberse subido al bus.

Empezaba el pánico al pasar las horas, buscábamos en los terrenos colindantes con ayuda de los dueños de la hacienda y los vecinos, buscamos en las riveras del río con un nudo en la garganta y con la seguridad de que nos iban a despedir ni bien llegáramos de vuelta, y no podíamos regresar sin el niño.

Daban las 17h30 de la tarde cuando escuchamos gritos, todos volvimos corriendo al centro de la hacienda, donde se encontraban los buses, los que gritaban, eran los niños del bus de la mujer de recursos humanos, el niño perdido, había estado allí siempre, se había quedado dormido debajo del asiento del final, en un rincón. Y, dormido como estaba, nunca escuchó ni la lista, ni los llamados, ni el llanto de su hermana. Debajo del asiento final del bus, había permanecido sano y salvo.

15 nov 2020

Agradecimientos, versión extendida

El viernes entregué la tesis de maestría y el proceso se cierra. Es como un círculo dorado al que le he dado mucha importancia, y con este título concluyo mi capítulo con la educación.

Para llegar aquí, muchas personas y muchas cosas han pasado por mi camino y quisiera extender mi dedicación y mi agradecimiento a esos seres que hicieron posible que me decantara por hacer esta labor durante tantos años, y que siempre debe conectarse con el arte, y con el pensamiento crítico desde el arte.

Llegué a la maestría luego de un tortuoso final en tercer nivel, entre medio, mi tutor de tesis era removido de su cargo de docente y trasladado a la dirección de cultura de la universidad; a la par, el director del teatro de la universidad se jubilaba, y mi tutor me dice: si haces una maestría, te dejo a cargo del teatro a ti. Yo tenía pensado hacer una maestría, pero no de manera inmediata, así que la idea me movió mucho.

Cuando estaba a punto de iniciar una maestría en una de las tantas universidades en que apliqué, me di cuenta que no era lo que yo deseaba, que la malla me parecía tremendamente rimbombante y mi búsqueda no era esa, así que el teatro quedó a cargo de otra persona. Nos hicimos buenos amigos con el profe Hernán -a quien va mi primer agradecimiento en la tesis- y yo aprendí muchísimo de él, un particular capítulo de las historias que me contaba, tiene que ver con la virgen Dolorosa. A esta virgen, los estudiantes del Colegio San Gabriel de Quito, le profesan una profunda fe.

El profe Hernán, un 25 de diciembre, sin trabajo, y sin tener cómo llevar una cena de navidad a sus hijos, mientras bajaba por la calle Rumipamba, le pide con todo su ser a la madre Dolorosa que le auxilie; acto seguido, un amigo del profe Hernán detiene el auto, lo encontraba de 'casualidad' y le regala 500 mil sucres, como agradecimiento a lo mucho que el profe Hernán alguna vez, hizo por él.

Yo aprendí que hay que creer en lo que no se ve, aunque nadie más crea jamás en esa historia, también me ha pasado que una 'casualidad' me salva la vida al último segundo. Así que gracias al profe Hernán, y a su devoción por la virgen dolorosa, que me hace recordar a mí, la importancia de jugártela, por algo en lo que nadie más cree.

Mi segundo agradecimiento es para todas las maestras y maestros que tuve, los que fueron buenos por supuesto, recuerdo mucho a una profesora en la universidad, llamada Natalia, que me dio 10 minutos 'para defender todo el semestre', porque yo había faltado en la semana de entregas finales debido a que me encontraba trabajando. Debía presentar 6 trabajos, y ella era una de esas profesoras terroríficas. Al final, me dijo que mi producto comunicacional era muy poderoso y me dio más tiempo.

Defendí el semestre, y pasé. Nunca me quedé en nada en la universidad, jamás perdí una materia, nunca perdí un año. Ahora sé, porque soy docente, que ser profesor es la carrera más dura del mundo. Gracias a quienes fueron mis maestros.

Naturalmente mi tercer agradecimiento es a mis estudiantes, a todas y cada uno de los seres que habitaron las múltiples aulas por las que pasé, porque de cada uno me llevo algo, bueno o malo, de todos aprendí algo, bueno o malo. La docente que soy, es el fruto de todo lo que me transmitieron esos cientos de estudiantes. No llegué a la educación con una razón particular, pero sí me quedé porque esas niñas, niños, adolescentes y adultos con quienes me encontré en las aulas, fueron la razón principal para hacer este trabajo todos los días.

Mi último agradecimiento es a Patricio Rivas, mi tutor de la maestría, se pensaría que le agradezco por la tesis pero no es solo por ello, en realidad Patricio es un sobreviviente, no solo de la dictadura y de la vida, sino de la política, en lugar de dejarse consumir por ella, la usó a su favor con una astucia solo equiparable a quienes imprimen su huella sin desearlo. Me encantaría que esa astucia alumbre mi vida.

Patricio se mueve, respira, habla y lleva con él la brisa de todo Chile, y esa brisa, siempre trae vientos de cambio, porque Chile es un país que sabe cómo caerse a cada temblor -geográfico y político- y cómo levantarse quince veces más fuerte. Patricio es Chile, y es como Chile, frío y mar, desierto y cordillera, tierra mapuche, Rapa Nui, Neruda y Mistral, Víctor y Violeta. El viento del cielo, y la brisa del mar.

Gracias, porque podría quedarme horas contando anécdotas de este selecto grupo de cuatro agradecimientos, pero prefiero quedarme con el calor que dieron a mi corazón cada día, no para hacer una tesis, ni una maestría, sino para imprimirle mi propio fuego a la vida.

31 dic 2019

La década de las primeras veces

Sin referir un tema a cada año, he querido hacer el top 10 de cosas que han marcado la década para mí, en mi vida y en mis circunstancias. Recuerdo con claridad cuando en 1999 la gente se suicidaba y había una paranoia social con el tema de cambio de siglo, bajo esa misma lógica del año finalizado en 9 como el fin de un ciclo, agarro el cierre de la segunda década de vida.

Le llamaré a este recuento, la década de las primeras veces, porque siendo tan joven todavía, mucho de lo vivido jamás lo conocí o tuve una experimentación que me hiciera acercar con pericia, fruto de ello, las primeras veces se tiñen de lo más bello y de lo desconocido, son sonrisa y a también son lagrima.

10. La mala racha
Pocas cosas en el mundo le hacen a una aprender tanto como las cosas que salen mal, o que no salen. No es algo que haya sucedido tan solo una vez esta década, al contrario, cada año ha ido marcado de lo bueno y lo no tanto, pero es gracias a ello que cierro el período 2009 - 2019 con algo de alegría ahora. Nada se compone solo de felicidad.
Mi abuelo ha fallecido, me demoré dos años en graduarme de tercer nivel, me quedé sin trabajo, me lanzaron energías negras, me quedé sin dinero y casi al borde del colapso, mis niveles de tristeza estuvieron disparados un amplio lapso de la década. Todo esto, que ya no existe más, es parte fundamental de mi crecimiento posterior.

9. UTE: Entrada y salida
Era un 2009 que iniciaba esta década que ahora acaba, y se marcaba con el fin de mi estadía, y de mi paciencia, con la Universidad Central. No era lo que busqué y fruto de ello encontré la facultad de comunicación de la Universidad Tecnológica Equinoccial. Ingresé con mucha ilusión y aprendí, más de la vida que de Periodismo, aunque también.
Para el 2014 había egresado, con el corazón roto, con los brazos vacíos y con unos dolores en el alma que parecía que nunca se iban a ir. Esa profunda depresión me limitó de tal manera que demoré dos años en hacer la tesis; subía a la Universidad y lloraba porque los recuerdos de otros tiempos me devoraban el alma. Me gradué en 2016.
Me llevo mi paso por el teatro de la Universidad, como algo maravilloso, que me sostuvo dentro de la desequilibrante realidad que rodeaba mi carrera. A toda la gente que conocí y amé, en este fin de la década, un salud.

8. Trabajos
La falta de él, el exceso de él, las primeras veces haciendo cosas impensadas, el vínculo con áreas que nunca creí posibles. Los equipos que han sido increíbles y otros no tanto. Si bien no me inicié trabajando esta década sino en la anterior, esta es la primera en que me veo en la necesidad de hacerlo y sufro cuando no lo hago.
Destaco mi paso por HotCold en la coordinación del vacacional Xakasún, que es mi primer encuentro pseudo formal con la infancia, y la Secretaría de Cultura del DMQ que me ratifica mi amor por la gestión cultural y probablemente la utilidad de la comunicación en ello.

7. Oriente
Corría el 2009 y mi despecho de la Universidad Central me había hecho sentir que tal vez debía tomarme un tiempo, así hice. Gracias a una amiga entrañable conocí Nuevo Rocafuerte, y habité ahí, tuve un paso corto por el Coca, y mi cuerpo siempre ansía volver a esa tierra. Tena es una ciudad donde podría incluso vivir.
La conexión conmigo misma y las cientos de anécdotas que saqué de aquella experiencia en el oriente, lejos de todo, de todos, sin internet, sin periódicos incluso. Asemejo el espacio al sitio donde habita el personaje central de "El Coronel no tiene quién le escriba", solo que a mí me daba gusto que nadie en la tierra supiera donde estaba.
Mi vida dio un vuelco luego de esa experiencia, sin duda en otra vida mi sangre tuvo el veneno de las serpientes, y en otras vidas yo debo haber estado siempre en esas aguas. El Oriente ecuatoriano no tiene comparación, no es solo un bello paisaje, que también, sino que es una forma de vivir que solo cuadra con almas antiguas, como la mía.

6. Docencia de Primero BGU
Esta década está marcada para mí por el accidente más bello, encontrarme con la educación fue una búsqueda que no estaba realizando, pero me dio casi todo lo que quería, buscaba y necesitaba. Entre los centenares de estudiantes que han pasado por mis aulas, y que he recibido con todo mi corazón, están niñxs muy pequeñitxs, adolescentes, adultos. Cada grupo se queda en el corazón, o al menos alguien de todo el grupo de estudiantes, te roba un poco de amor, y te enseña mucho más de lo que puedes imaginar.
Una experiencia muy desencajante, me sucedió en 2016, cuando ingresé a una institución que me ha dado largo material de crítica a la educación, incluso en este mismo blog he despotricado sobre todas las cosas que vi mal ahí, y que se siguen practicando en muchas esferas educativas. No quiero hablar mal, tampoco tengo nada bueno que decir de ese lugar; sin embargo conocí a un grupo de estudiantes del que me enamoré perdidamente. Fui su tutora y fue el primer curso que estuvo a mi cargo enteramente, soy lo que soy en la educación, porque aprendí todo con ellos, me bauticé, me hice guerrera y perdí ahí.
Hoy son mis amigos, no terminé esa experiencia porque no pude (es aquí cuando me llegaron esas energías negras que mencioné al principio) pero luego de ello, soy una tiburona, nada me vence, nada me sorprende en la educación, y ahora sí sé cómo actuar. Así que gracias por el amor, y por las heridas.

5. Viajes
Como para marcar el cierre y el inicio de algún ciclo, los viajes dentro y fuera de Ecuador me acompañaron mucho esta década. Entre los nacionales, que no incluyen el oriente porque eso es una experiencia de vida, destaco que conocí Galápagos, un lugar mágico que me invitaba a ver sus conjuros naturales mientras calmaba mi vida. 
Pero quiero asignarle este espacio en el "top 5" a un país que fue mi sueño conocer. Cuba era un país que estaba en mi lista de prioridades en la vida y lo logré, sin imaginarlo siquiera un día solo me armé de voluntad y fui para allá. La Habana es un verdadero espacio-tiempo que no tiene explicación, y que solo terminó de añadir fuerza a esas leyendas de gallardía, de revolución, de resistencia.
Especial mención quiero hacer al Lago Titicaca, su belleza no tiene comparación, y las nubes parecen algodones que parecen ser puestas como con unas pequeñas pinzas, el helado viento que besa tu rostro es solo un abrazo de la vida que te hace respirar con los pulmones hinchados de vigor.
A la mágica Macchu Picchu, y la extrañeza del Cuzco, gracias por enseñar al mundo que nadie podrá matar la herencia inca, y por construir amaneceres y atardeceres inundados de historia, de misterios, de preguntas, de relaciones y de teorías. Máncora, y su falta de fotos porque perdí la cámara, es un tatuaje en la piel de que la alegría es un espíritu que flota por encima de las cabezas que se disponen a recibir el amor y la armonía del universo.

4. Malayerba y sus raíces que son alas
Me cuestioné por horas si Malayerba debía o no ir directamente en mi podio de la década, porque el 90% de mí, de lo que soy, de lo que replico, de lo que entrego al mundo, de cómo me relaciono con las personas y las cosas, lleva el sello de mi Laboratorio, que irónicamente fue mi escuela.
Otro debate lo tenía con el bronce de esta lista, porque es la maestría la que me hace dudar mucho más que tener certezas; por eso entre el número 4 y 3 de esta lista se entrecruzan, pero creo que es bueno irle dando espacio al tiempo para que pueda hacer de Malayerba mis alas, porque es mi raíz.
Debo a Malayerba casi todos los contactos que tengo en la vida, casi todos los trabajos que he tenido en la vida, y por Malayerba puedo dar clases porque aprendí ahí todo lo que sé, en Malayerba me humanicé y mi ser tiene un antes y un después de ingresar y salir de esas salas. Tanto llanto, tanta alegría y tanta fuerza solo podían haber sido inyectadas ahí. Gracias a Malayerba viví la experiencia del Festival Mujeres en Escena por la Paz en Bogotá de 2013, y los otros tantos festivales a los que he tenido la oportunidad de asistir solo por el amor eterno al teatro. Mi última función se me inflaba el pecho del orgullo y la felicidad, porque hacer lo que amo, y poder dirigir (otra primera vez en la década) son gracias a mis maestros, y a sus enseñanzas.
Me quedo con el rastro de esas huellas, que por cierto me dieron beca en la universidad para estudiar, el teatro que me lo ha dado todo, todo todo; me invita en esta nueva década al proyecto más demandante de mi carrera, y me ha obligado a lanzarme a la dirección con una vehemencia tan propia de las tablas que no tengo más que dar gracias al arte, que me permite conocerme, y encontrarme con la vida en su expresión más amplia.

3. Maestría y su gente
La medalla de bronce, se la merece mi maestría, que me ha despertado, abierto los ojos, cambiado, conmovido, cuestionado, vapuleado, vilipendiado internamente, ha sacado la mejor versión de mí, y me cierra la década con un reconocimiento de parte de mis compañerxs que es la cereza a una vida de gestión política desde los rincones, porque nunca he querido nada para mí.
A todxs valoro, respeto, aprendo, admiro. De cada una de las personas de la maestría he aprendido algo y me he maravillado escuchando sus disertaciones y comprendiendo nuevas y mejores maneras de gestionar las artes. Gente tan linda de la que ya pronto me deberé despedir, pero que la vida unió como capricho del azar.
Me cuestiono todas las formas de proceder que tengo ahora, me pregunto a quién sirvo y de quién soy servil; qué me sigue colonizando y cómo combato esas formas. Tengo la posibilidad de dialogar con tanta heterogeneidad sin intención de homogeneizar, y de escuchar porque me inclino.
La educación pública, gratuita y de calidad en artes, es un derecho, y por ese derecho trabajaré hasta la muerte.

2. Amigxs
Tuve un lapso de aproximadamente dos años, donde la mala racha que tocaba en el punto 10, no me dejaba de respirar en la nuca. Como familia nos pasaron cosas terribles, a título personal andaba de capa caída y no encontraba trabajo, el desamor me rodeaba, tuve una tras otra de cosas negativas y de un aura muy oscura que parecía no querer irse de mí. Solo la vida sabe cómo pude salir de esa época que parecía no tener fin.
Probablemente, una de las principales cosas que me permitieron resistir e incluso sobrevivir a tan mal tiempo, fueron mis amistades, venidas de todas partes, que incluso me prestaban dinero, que no me dejaron caer, que siempre tuvieron un plato de comida, una mano amiga, o incluso una palabra de aliento. Sin estas personas maravillosas, durante toda esta década, no lo habría logrado, y ese es un tesoro que agradezco profundamente poder tener.

1. Familia
Cuando las cosas marchan mal, lo único que queda es unirte con tu círculo más íntimo y confiar unos en otros. Mi núcleo familiar más cercano se hizo impenetrable en esta década. Mi hermana partió, mi hermano también, mi prima también está lejos, pero como familia somos indestructibles, ahora más que nunca conocemos el significado del acero, porque es en ello en lo que nos hemos convertido.

Recibo con amor el año que viene, y la década que comienza, cambio de edad y de piso, pero me mantengo en lo que ha sido digno de emular, y lo que me ha ayudado a crecer.
Por lo que fue gracias, por lo que viene amén.

5 mar 2019

Puñado de pequeños

-Ah… y eres dirigente de primero de bachillerato, de paso te advierto que es el peor curso del colegio.

Así sin más, ni siquiera me preguntó si quería o si podía, primera inmersión en el mundo educativo establecido y formal, y ya me chantan el muerto. Llega el primer día y en efecto el dichoso curso parece ir de pésimo a peor, con un comportamiento de temer y un irrespeto al himno nacional. Si ni ese se salva –pienso yo- tengo las horas contadas.

¿Cómo se manejan los padres de familia? ¿Qué les digo para que me respeten pero no me odien? ¿Cómo se es buena gente sin que se me carguen?

Entran todos al aula donde esperan una bienvenida magistral de la tutora nueva, tanto padres de familia como alumnos están expectantes. Finalmente opto por ser la profesora pesada, me decanto por ganarme primero miedo, y luego como vayan las cosas, su cariño.

…ya no son más niños, han pasado a la etapa bachillerato, y a los padres de familia no quiero ni verlos por acá, estamos todos ocupados trabajando como para que vengan ustedes a traernos más problemas. O educan a sus hijos en la casa, o acá no es. Acá no se hace magia, si sus hijos son unos patanes, será porque lo heredaron de ustedes.

Salen todos, y ya sé que lo hice todo mal. Entra el vicerrector, a quien le debía tan gratísima labor de ser tutora. Ya ser profesora de una de las materias que más odia todo estudiante en el colegio era duro, pero ser dirigente fue mi graduación.
Los días pasaban entre darme cuenta que ‘el peor curso del colegio’ necesitaba algo muy distinto a la mano dura que les habían aplicado siempre, que nadie les había preguntado por sus verdaderos problemas y que ir de a gritos y reclamos había sido una táctica aplicada por todo el personal, y siempre fallida, porque como los muchachos no se reconocían en ese trato, lo rechazaban. ¿Quién funciona a putazos? –Ellos- me contestaba el vicerrector.

Entre mi clase de inglés y mis malabares con la dirigencia, fui descubriendo que era el sistema el que estaba mal, y conocí a un Martín* que me ‘bulleaba’ todo el tiempo, o me ponía el pie para hacerme tropezar, a Doris que llegaba cada mañana a las 07h00 en punto a llorar a mi aula y a recibir un abrazo; a Amaro que había sido rechazado por papá y mamá y sus profesoras lo detestaban porque era muy conflictivo. A Daniela, que tenía una definición errada del amor, y decidía enviar fotografías de su cuerpo desnudo a sus compañeros.

El rector, cada vez que hablaba yo con la psicóloga sobre una posibilidad de ayuda a aquellos jóvenes y niños tan perdidos, él contestaba jactándose que en los veinte y tantos años, el colegio nunca había tenido problemas. Me preguntaba yo, cómo llamaba él al intento de acuchillar a otro alumno que cometía Elías unas semanas después, o a que un niño de sexto de básica presenciara la escena sexual anal entre dos estudiantes de octavo de básica, si no era grave para él que los estudiantes consideren que la mejor forma de prevención sexual sea la abstinencia no por evitar ETS o embarazos no deseados, sino porque es un pecado que ‘hace enojar a diosito’.

Este colegio –religioso por cierto- me terminó de sorprender en cada aspecto, pues los estudiantes tenían realmente muchos problemas, a los que los ‘maestros’ solo ponían más candela cuando les decían ‘ustedes son el peor curso del colegio porque no sirven para nada, solo van a servir para vender agua en los semáforos’, ‘ustedes no dan más que para limpiar parabrisas’ como si esos trabajos fueran lo más denigrante, como si fallar en un examen fuera siempre una decisión.

Y estaba yo ahí, escuchando en mis horas libres, en mis recreos cómo más de la mitad no conocía a su papá, cómo a muchos los criaban sus abuelos, cómo a otros se les habían muerto sus hermanos, cómo otros trabajaban para pagar su casa. Y los acogía y jamás les negué un abrazo. Me di cuenta que aunque yo no me había formado como profesora, era mucho mejor maestra para ellos que los otros que solo los desmoralizaban y los trataban como una basura.

Me pregunto hasta hoy si esa técnica funciona.

Llegan los padres y es otro cuento, llega un padre de una nena de 12 años, y nos dice: mi hija puede tener los novios que ella quiera, porque está en edad de experimentar. Fue a ella a la que encontraron haciéndole sexo oral a un alumno mayor, y en posición de mesa en el baño frente a vicerrectorado. Llegan los padres a lapidar al maestro cuando quiere ayudar. Le digo a la mamá de Daniela lo que su hija está haciendo, y me dice que su hija es una santa y que va a denunciarme.

En medio de todo este fuselaje derretido de un avión que se ve que va a caer, el alivio son ellos; ellos que a pesar de sus problemas me los cuentan todos, ellos que a pesar de sus dolores sonríen, y que a pesar de que los humillan siguen guerreando. Supongo que ser adolescente nunca fue sencillo, pero serlo en este siglo es aún más complicado, porque nadie te mira, ni siquiera tus padres, y cuando te miras tú, te sientes ajeno a ese cuerpo, a verte tan físicamente grande pero de corazón y mente todavía tan inocente y frágil. Me duelen porque los adultos se aprovechan y se aprovecharon siempre de esa ingenuidad.

Y llega Camila, que aunque no puedo decir mi favorita, es la que más me enseñó y de la que más aprendí. Me cuenta su tía, que es su representante, que la tuvieron que sacar de la casa de la mamá –de Camila- porque la señora tiene un novio que quiso abusar sexualmente de Camila, y cuando ella lo denunció ante su madre, ella prefirió creerle a él. Sus tíos la obligaron -a la mamá- a poner la denuncia, pero nunca la terminó, porque amaba mucho a ese hombre.

Camila me enseñó que ser maestra es algo sagrado porque ella seguía todos mis pasos. No hubo lunes que no la viera llorar, porque pasaba el fin de semana con su mamá, y la extrañaba. Camila lloraba todos los días prácticamente, porque cuando superaba el fin de semana, se acordaba que lo estricto de sus tíos tampoco la dejaba ser una adolescente normal. Y en medio de eso, llegaba a vivir en un lugar al otro lado de la ciudad, en otro clima, en otro espacio físico, con otra familia, otros compañeros y hasta otra comida.

¿Cómo hay padres que tienen hijos para hacerlos sufrir? Algunos de los padres consideraron que darles todo a sus hijos, era la mejor forma de brindarles la educación que ellos no tuvieron, como si educar fuera un sinónimo de atiborrar de cosas materiales. Como si un juguete llenara el amor que ellos necesitaban, o el vacío que sentían.

Llega a mi aula otro de mis pequeños, su nombre es Matías y tiene el tan popular síndrome de atención dispersa, y autismo; el sistema educativo de mi país hace que tenga que darle evaluación diferenciada y también clases personalizadas en medio de una clase para otros 20 niños. Prácticamente, tengo que tenerlo sin hacer nada, y hacerlo pasar el año –según el ministerio, y el colegio que no quiere meterse en problemas.

Matías, toma, pinta esta manzana; le paso una pintura y sigo dando mi clase a los demás niños, tiempo más tarde regreso a mirar y Matías no ha pintado la manzana; no me sorprendo porque generalmente él no hace las tareas que le encomiendo por más sencillas que sean. Le pregunto casi por hablar al aire: ¿por qué no has pintado la manzana?... porque usted me dio una pintura azul, y las manzanas no son azules, son rojas.

El día en que me despedí de mis alumnos, fue Matías el que me dio el abrazo más sincero, y sorpresivamente fue él quien se me acercó a despedirse. Aprendí entonces que otros que están mal son aquellos que encasillan a los niños en cientos de ‘enfermedades’ cuando todos los niños son diferentes y únicos, y el que no caminen o se muevan como nosotros quisiéramos, no significa que no caminen en lo absoluto.

Volví a mis niños grandes, mi trabajo en el colegio era ir y volver entre los niños a los adolescentes, y a mis jóvenes, los más grandes pero que son mis encerrados; yo los llamo así porque están en un cuerpo que no les pertenece, del que no se apropian porque todo les es nuevo, que el vello, que la voz, que las hormonas, es como si nunca nadie les hubiera explicado que es normal sentirse raro, y que la mejor forma de acostumbrarse a esos nuevos residentes en el cuerpo es conocerse y amarse profundamente.

Para este punto del año, yo les daba todas las clases, no solo inglés porque me daba cuenta que sus vacíos eran tan profundos, que me era una irresponsabilidad ética no hablar con ellos de todos esos temas. Entonces pasaba del verbo 'to be', a la ortografía, de si existe Dios o no, a los agujeros negros, de anatomía y sexualidad a los adverbios de frecuencia. A intentar enseñarles que lo más valioso son ellos mismos, aunque sientan que nadie más lo ve, aunque piensen que no son importantes para nadie.

Entre toda esa odisea llega la inspectora general un día -que me odiaba especialmente-, a advertirme que ya no quiere volver a ver a los alumnos en mi aula, que se le hace raro que mis alumnos varones pasen conmigo todo el recreo, que no entiende cómo he podido conversar con Pamela, la alumna declaradamente lesbiana del colegio, y encerrarme con ella en el aula una hora clase.

Me advierte que va a hablar con los padres de familia sobre mi cercanía con los alumnos, que a ella no le parece que yo esté ocupando mi lugar. Lo irónico es que cuando ella finalmente decide hablar con los padres, porque yo no cambié mi comportamiento, son los mismos padres los que me piden que no me aleje de sus hijos porque mi presencia les ha hecho mucho bien.

Ya no trabajo ahí. Jamás compartí su filosofía de ‘educación’. Yo renuncié, aunque me demoré mucho porque no quería dejar solos a mis muchachos, sin embargo sé que cambié sus vidas cuando la Vane me puso de despedida: Dejaste un poco de tu magia en todos nosotros. Para la administración del colegio, la historia es otra, y se encargan de repartir la idea de que yo tenía una relación sentimental con uno de mis estudiantes, menor a mí 10 años. Es la verdad con que se quedaron.

Abro los ojos la siguiente mañana después de mi despedida, y tengo un dolor tan hondo en el corazón, como un vacío venenoso y picante, que no sé decir muy bien dónde está, pero siento que se expande por todo el pecho. Lloro, me río, me duelen, me acuerdo. ¿Qué estamos haciendo por la educación en el mundo? Desde esa experiencia decidí dedicarme a la docencia, aunque no sea profesora.

Hay niños tan solos en el mundo, tan golpeados, tan rechazados, que viven sin amor. Y tiene que haber alguien, aunque sea una persona, a la que le importen. No sé si me alcance para todos… pero lo voy a intentar.

*Se han cambiado los nombres

6 oct 2017

La "educación" del siglo XXI

Soy maestra por casualidad desde que tenía 19 años, ni bien salí del colegio y pasé un par de cosas más y me inmiscuí en este precioso oficio en el que llevo ya casi una década. Todas las cosas han cambiado desde entonces, desde los estatutos de educación, hasta los propios estudiantes, sean estos niños, adolescentes o adultos; pero tal vez con el cambio más brusco con el que me encuentro, es con el cambio que han tenido los padres.

El ministerio de educación cambió muchas cosas, ahora no se les manda deberes, ahora no se les puede hablar feo, ahora no se les puede dar órdenes; simplemente ahora los estudiantes tienen el poder, lo cual ha cambiado la forma en que se ve la educación, ahora somos los maestros quienes debemos tener miedo de que la pobre criatura no se queje, porque si alguno de ellos se queja, nos sacan a nosotros de nuestros trabajos.

En este tiempo en la educación me he encontrado con todo tipo de casos; desde los niños que lo tienen todo, menos el amor y tiempo de sus padres, hasta los niños que no tienen nada, ni siquiera padres. Me centro mucho en los padres de familia porque pienso -y el ejercicio profesional me ha demostrado que no me equivoco- que en el quehacer de los padres radica el éxito o el fracaso de un niño.

Si los chicos no aprenden, enseguida vienen los padres de familia a reclamar a los profesores sobre su poca satisfacción con las notas. Cualquiera en su lugar haría lo mismo. Lo que los padres no saben es que nosotros damos las clases, pero la verdadera educación se origina en casa. Cuando venían los reportes de mis estudiantes dirigidos, yo no podía más que preguntarme: ¿qué hicieron los padres? Y los llamaba a reuniones de curso y ellos no sabían hasta qué hora sus hijos se quedaban en las redes sociales, no sabían cómo les fue a sus hijos en el colegio, no sabían si de verdad no tenían deberes (porque los chicos siempre contestan 'nada' cuando los padres preguntan ¿qué te mandaron en el colegio?), no sabían ni siquiera con qué uniforme iban al otro día sus hijos.

Lo que siempre les dije fue: nosotros podemos 'controlarlos' las horas que están aquí, pero cuando no están aquí ¿qué hacen ustedes?. No todo es darle dinero a los hijos. Fuera de todas (o casi) las instituciones educativas del país hay gente inescrupulosa que conoce qué niños están solos, y les ofrecen drogas, y los siguen hasta que ellos acepten esas drogas que obviamente no les muestran así, sino a modo de caramelos o algo que llame la atención sobre todo de los adolescentes. ¿Los padres saben eso? Tal vez algunos sí, pero piensan que nunca va a pasarle a su familia.

Con lo que sucede en las altas esferas de gobierno, ser profesor se vuelve una tarea cada vez más dura, y se complica cuando los padres se ponen del lado de sus hijos siempre sin conocer la otra versión de los hechos. Es absolutamente normal que defiendan a sus hijos señores, pero por lo menos conozca el lado B, el lobo siempre será el malo si solo escuchamos a caperucita.

Algo realmente molesto es que los estudiantes ahora conocen ese poder que el ministerio de educación les ha asignado. Es molesto no porque nosotros maltratemos a los chicos, se supone que estamos en este oficio (o así debería ser) porque amamos educar, y nuestros estudiantes son nuestra razón de ser. Lo que genera verdadera molestia es la cultura de facilismo que se inculca desde cada vez más jóvenes.

El futuro de un país radica en la educación de sus ciudadanos, y si esos ciudadanos son formados para quejarse ante cualquier intento de realmente educarlos, entonces como país estaremos generando unas generaciones deficientes que no sean capaces de resolver problemas, como dice el currículo integrador, sino que dejan los problemas en manos del alboroto y se lavan las manos sin conocer los alcances de su accionar.

No les podemos enviar deberes, tampoco podemos pedirles que atiendan en clase porque es agredirlos, entonces cuando tienen malos exámenes y la culpa es nuestra, ¿contra quién van los padres?. No es una cosa nueva en la educación, lo que sí es nuevo es el rol de los padres que tampoco hacen nada con el tiempo 'libre' de sus hijos en casa. Antes por lo menos uno de los padres -generalmente en nuestra machista sociedad, la madre- se quedaba en casa viendo que su hijo permanezca ahí, haga deberes, almuerce y luego se duerma temprano.

Ahora, ambos padres trabajan, los chicos pasan solos en casa, y solo Dios sabe si comen, si duermen, si hacen deberes o con quién están, porque es fácil decir por celular: estoy en la casa, cuando realmente están bebiendo o haciéndose amigos de esos expendedores de droga, o alguna otra actividad muy alejada a los fines educativos. Todos los hijos son fruto de lo que sus padres han hecho de ellos.

Este escrito lo hago a razón de mi último conflicto como maestra. Ya en educación superior, lo cual hace este testimonio todavía más lamentable porque hablamos de una persona adulta, a la que el sistema y su familia jamás enseñaron lo que es la verdadera educación.

Soy maestra de la carrera de educación inicial, ¿saben lo que es eso? una formadora de futuras maestras que trabajarán con niños de 0 a 5 años, es decir los más chiquititos de nuestra sociedad. Esta alumna, a la que nunca podría llamar estudiante, me presente un deber con plagio, probado y todavía más, sacado del rincón del vago; como los alumnos piensan que los profesores en realidad somos estúpidos y no vamos a revisar, ella pensó que yo no iba ni a leer y le iba a poner 10. Yo supongo que en su vida estudiantil, porque estamos hablando de una alumna de sexto semestre, muchos de sus profesores sí hicieron eso, solo recibir el trabajo y ponerle 10.

Lamentablemente para ella, yo sí leo y reviso cada palabra y cada letra, y cada falta de ortografía, por lo que detecté enseguida el plagio y la chica se quedó a supletorio (obra del ministerio de educación, que no permita que ninguna de las 'criaturas' pierda el año o el semestre directamente; ahora hay que hacer solicitud para perder el año). En el supletorio, ella le rejura a la dirección de carrera que yo le he dicho: "con tal de que me presentes, haz copy y paste"; para más cinismo, se lo dice frente a mí, para que yo tenga que aceptarlo. Por supuesto nunca hubo tal orden.

La alumna se queda a supletorio y lo pierde, pues debía sacar 7 puntos, de los cuales obtiene 4.5; le devuelvo el examen para que revise por si tiene algún reclamo, y me regresa el examen con las respuestas adulteradas para alcanzar al 6 y que yo le regale un punto (lo cual jamás haría). Después de rogarme que le crea, porque según ella no adulteró las respuestas, le confiesa a su tutora que sí lo hizo porque estaba desesperada.

Al día de hoy, la plagiadora perdió el semestre como es natural, pero fue a quejarse sobre mí al rector de la institución diciendo que yo la maltrataba, comía en clase, no daba clase, solo me pasaba en el celular y otras muchas cosas. El señor rector no escucha mi versión, solo la de ella.

El plagio se castiga con cárcel, pero en este país, como los estudiantes tienen el poder, ella seguirá estudiando normalmente, y a mí, me despidieron del trabajo. Viva la educación del siglo XXI.