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28 feb 2017

Encantada con las islas (Parte II)

Llegar a San Cristóbal te toma, si no es vía aérea, dos horitas vía lancha. Tengo entendido que llegué en la mejor de las temporadas, pues no se movió mucho el bote y no hubo problema, dicen que hay otras épocas en las que hasta los que hacen ese viaje con frecuencia terminan vomitando.

La primera parada, como era obvio, fue la casa de Nadya, agradecida hasta la médula porque me hizo muy evidente la hospitalidad de las y los galapagueños, me recibió su novio Víctor, y aunque eran dos personas que yo no conocía, me recibieron como si fuera de la familia. Que estas humildes líneas sirvan para hacerles llegar mi agradecimiento sincero. Ahí me madrugué cosas tan obvias como que las calles tienen nombre, pero no se usan, que no hay cabinas en Galápagos y mucho menos cabinas de Internet.

Mi primera visita turística fue a recomendación de Víctor, pues llegué en la lancha de la tarde, es decir que a las cuatro estuve en San Cristóbal. Visité la lobería, lugar donde los lobos marinos, ya comunes en Santa Cruz, tienen su zona propia en San Cristóbal, y aunque los guías y todos los habitantes hacen recuerdo siempre a cada turista sobre la importancia de no tocar a los animales, y mucho menos a las crías, es imposible que las ganas no se pasen por la mente. Obviamente no lo hice, pero qué lindos son, y disfrutan el mar como cualquier niño lo haría.

El agua allí es muy cálida, y aunque se puede nadar, es preferible observar el espectáculo que significa ver a estos animales divertirse y disfrutar cada ola y cada revolcón del mar. Son los perros de Galápagos, los dueños, amos y señores de todo por allá.

Las recomendaciones que me habían hecho mis amistades convergían en un punto turístico, el cerro tijeretas, y acá me debo detener para contarles el caos que viví. Por favor no juzguen a esta pobre alma despistada, que tal vez por falta de atención casi encuentra la muerte.

Llego al centro de interpretación, que es parada oficial para conocer un poco más de las islas, y la puerta de entrada a Punta Carola y a Tijeretas, me habían dicho que lleve snorkel y lo olvidé. Pasé la primera bifurcación que dividía un sendero del otro, y en la siguiente bifurcación seguí de largo y es ahí donde empieza mi desastre. Camino hasta que se acaba el sendero, subo los miradores que por cierto tienen una vista de lujo, como todo; paso los miradores y subo toooodo el cerro Tijeretas, que se llama así por la forma de las colas de las fragatas, pues ahí anidan. Luego bajo toooodo el cerro, se acaba todo tipo de contacto con la civilización y yo sigo.

Con el tiempo me fui a enterar que el parque nacional Galápagos no se hace responsable de tu cuerpo en ese sector, que han habido varios cuerpos encontrados sin vida por allá, y que solamente se puede acceder a ese sitio con un guía, porque ir solo es peligroso. Pero mientras recorría este trayecto me preguntaba a qué hora me hablaron de que para llegar a Tijeretas la caminata era tan larga, nunca me dijeron que necesitaba como dos horas y más de caminata, me rompía la cabeza pensando en cómo se me pudo pasar esa información por alto... claro, es que nunca me dieron esa información. Hubo una parte en que me perdí, y hasta los palitos que señalizaban la ruta, se me desvanecieron.

Para no hacer el cuento más largo, llegué quién sabe cómo, a una playa que luego me enteraría que se llama Baquerizo, linda como todo, de aguas heladas y pedregoso, casi imposible de nadar. Nunca pensé que había llegado al lugar equivocado, más bien pensé que la gente que me había recomendado el lugar, no tenía muy claro qué recomendaba; cuestión de percepciones, pensé. Ese chiste, me robó tiempo al otro día y tuve que repetir mi visita pero ahora sí al sitio correcto, pero eso ya lo relato luego.

No me quedé mucho tiempo, porque no se podía nadar, saqué un par de postales para evidenciar que llegué al sitio, y emprendí el regreso, de dos horas de caminata para tomar mi nueva ruta hacia el otro lado de la bifurcación, Punta Carola.

Punta Carola es como una mini barrera de coral, preciosísima, donde solo estar ahí sentada te hace sentir a los pececitos recorrer tus pies, y ver los animalitos de colores que no ves en otra parte, muy muy lindo, no tengo foto de Punta Carola, porque estaba tan agotada, tan de mal genio incluso, que lo que quería era nadar, y tampoco allí se podía, porque era muy bajo, de pronto snorkel, pero había olvidado el snorkel así que para ser muy honesta, no disfruté ese viaje, y es otro de los pendientes con los que me quedo, sin duda hay que volver al encanto de las islas.

Justo saliendo del centro de interpretación (o llegando) se encuentra Playa Mann, que me quedo con la duda de cómo mismo se escribe porque cada cartel reza algo diferente, ahí me habían recomendado ver el atardecer, mientras sale la luna el sol se va poniendo y esa es una de las características de este sitio donde se llega también con el nombre de Playa de los Enamorados, justo por ese romántico espectáculo. Playa Mann es un mar turquesa donde se aparean los lobos, entonces era gracioso porque había un lobo macho en particular que iba y volvía, iba y volvía, y ninguna persona y me incluyo, podía ingresar al mar, porque cuando ya te armas de valor para pasar, el lobo regresa y te hace retroceder. 
Quien diga que no le tiene miedo a los lobos marinos está mintiendo, son criaturas imponentes, y cualquiera de sus movimientos cuando menos, te inmuta y te paraliza, porque son enormes y poderosos. Finalmente si puedes pasar, que en mi caso sí lo logré, puedes nadar bastante bien, pues el mar es amplio y despejado. Yo no nadé mucho ahí, porque creo de forma personal que Playa Mann es una playa muy frecuentada por mucha gente, y eso ha dejado el rezago en el mar, la orilla de sus aguas está sucio, y es una pena, es de la única playa de la que tengo queja, la orilla de Playa Mann sí está sucia.

Ahí fuera, cuando ya decides terminar tu día, venden unos choclos y unos pinchos buenísimos, así que recomiendo mucho que los consuman, porque con esa hambre, con ese cansancio, con ese todo que una lleva encima, cae súuuuper bien ese tipo de snack. Cuando llegué de nuevo a casa de Nadya, me preguntaron obviamente cómo me fue, y es ahí que me entero que no estuve en Tijeretas sino en Baquerizo y que tomé el camino equivocado.

Con un solo día más a cuestas, me sentía mal de no haber hecho Tijeretas así que regresé el último día, y esta vez tomé el camino correcto, se volvió motivo de broma pues cuando Víctor y Nadya me dicen: pasaste la estatua de Darwin, yo me quedo con cara de haber escuchado mandarín, y ellos: ¡pero si es una estatua de dos metros!. Así que lo primero que hice fue tomarme la bendita foto con la estatua de Darwin, sobretodo para darme ánimo de que sí había llegado al lugar correcto. Mi travesía en la verdadera Tijeretas la resumo como una poza de agua preciosa, fuerte, imponente, con lobos marinos a tu alrededor, y un snorkel que me hizo entrar en pánico, así que esta es otra de las cosas que debo repetir, por pena conmigo misma no les cuento todo, pero sí creo que Tijeretas merece que regrese.

Ya aprovechando las últimas horas de mi viaje, visité El Junco, un cráter de formación natural con un agua muy calmada, el equivalente a la laguna del Quilotoa, pero en Galápagos, bajé después a la Galapaguera, que es un sitio donde tienen a las tortugas gigantes, que trajeron de Punta Pitt, que es su estado natural pero al que aún yendo por horas no alcanzaban a ver los turistas, así que las llevan a este sitio donde están de toda edad y casi libres. Me recomendaron muchas personas que no visite la estación Charles Darwin (en Santa Cruz) porque ahí los animalitos están encerrados, y la información puede salir de internet, en cambio en la Galapaguera las tortugas están casi libres. Me dijeron que vaya mejor a la Policía Naval, al Rancho Tortugas (ambas en Santa Cruz) o a la Galapaguera acá en San Cristóbal y eso hice.

Finalmente visité un lugar que consideré un sueño, mi lugar en el mundo allá en San Cristóbal, Puerto Chino. Dicen que se llamaba así porque antes, cuando no había restricciones de ningún tipo, muchos barcos chinos iban a pescar a este lugar, y pude comprobar por qué. Mientras nadaba, un pez enorme, del que me dijeron el nombre pero acabo ahora de olvidar, saltó frente a mis ojos (era en serio enorme) y dio un giro en el aire, y luego, como yo quedé en shock pensando que había visto mal, lo volvió a hacer nuevamente frente a mis ojos.
Puerto Chino es divino, el agua es preciosa, calientita, con un solazo que invita a bañarse, y el agua es tan nítida y limpia, que no hay más que entregarse, estuve nadando sin parar dos horas enteras. Punto malo, ese mosquito horroroso que te chupa la sal cuando sales del mar, pero el sitio es sin duda de ensueño, demasiado bello. Hay que volver. 

Como conclusión, creo que Galápagos es costoso pero lo vale, que para conocer todas las islas hay que ir con más dinero y con más tiempo. Me quedé vuelta loca con las lagartijas, creo que es la especie que más me llamó la atención, y aunque parezca tonto, porque hay lagartijas en todas partes, las de Galápagos en serio son únicas. Siento que para cada ecuatoriano debería ser obligatorio conocer Galápagos, solo así podemos defender nuestro patrimonio y apropiarnos de un espacio que es nuestro, que ni en sueños creeríamos que es real. Yo no podía creer lo que mis ojos tenían delante, solo parada en el muelle pude ver en el mismo metro cuadrado, ahí en vivo y sin snorkel, sin siquiera estar metida en el mar, una manta raya, un lobo, una tortuga marina y un pez rarísimo. Esas cosas no las paga nada.

16 feb 2017

Encantada con las islas (Parte I)

Dice Facundo Cabral en una de sus trovas que no estamos aburridos de lo que pasa a nuestro alrededor sino distraídos. Tuve la oportunidad de escuchar siempre y tantas veces esa frase que hasta se me hizo vanal; pero viajé a las Islas Galápagos al este de Ecuador, y me di cuenta que más que en ningún otro lugar, ahí esa frase cobra sentido. Este es un viaje que les invito a hacer conmigo de cómo la pasé en Galápagos.

Siempre creo que depende mucho de lo que una quiere encontrar, del objetivo de la 'misión' de la razón del viaje. En mi caso particular quería conocer, quería reconocer, quería percatarme y vivir cosas que nunca habría imaginado. Demás está decir que lo logré absolutamente. Hice las cosas previas como buscar el vuelo con tiempo, buscar con tiempo el hotel y tener una lista de atractivos a visitar sin pierde, así que me encaminé a esta aventura que sabía que iba a cambiarme la vida.

Me hospedé con cinco personas más, y hay que destacar el rol fundamental que cumplió el tema de ser 'open mind' porque no cualquiera duerme con cinco personas que nunca has visto en tu vida. Otro punto a destacar es el tema del idioma; yo estaba con alguien de Bélgica, Nueva Zelanda, Argentina, Alemania, Estados Unidos y yo. Si no hubiera sido por el inglés, olvídate que nos entendíamos, que importancia tiene aprender, saber y dominar otra lengua. Experiencia por demás muy rica porque se aprende aunque no se quiera, cosas de todas las culturas, costumbres de otros países y cosas que otros vieron y que de pronto a una se le pasa.

Yo llegué a Galápagos gracias a la gestión de una amiga que me ofreció un hospedaje en San Cristóbal, así que no iba a pagar hotel allá (lo de las seis personas de booking fue en Santa Cruz), descubrí que ese gasto menos me iba a ahorrar muchísimo dinero así que decidí ahorrar y quiero derribar ese mito de que viajar a Galápagos es costoso porque, por lo menos para un ecuatoriano, no lo es. Yo fui con $400 y esa plata alcanza perfectamente hasta para los recuerdos, si es que se saben hacer las negociaciones pertinentes.

Galápagos es un destino costoso por todo, porque es dificil que los productos lleguen, porque se demoran en llegar, porque es un patrimonio natural, porque es el destino turístico más costoso del Ecuador y simplemente porque lo vale, pero sí creo que se deben aprovechar las diferencias que hay entre ecuatorianos y extranjeros. Por ejemplo la entrada al parque nacional cuesta $6 para un ecuatoriano y $100 para extranjeros, esa es muuuucha diferencia, y así con todo, los extranjeros sí pagan harto más por las mismas cosas.

Llegué en vuelo directo desde Quito, que por cierto hizo notar entre el vuelo de ida y el de regreso la expertiz de los pilotos, el primero nos hizo aterrizar como zambo, y el segundo ni siquiera nos hizo enterar cuándo salimos o llegamos. Esa misma tarde conocí un paraíso al que volví varias veces y cuando me encontré con mi compañera argentina de habitación me expresó del lugar palabras que no pueden ser más ciertas: cuando una encuentra su lugar en el mundo no tiene por qué buscar más; me estoy refiriendo a Playa de los Alemanes; tienes que tomar un botecito de 80 centavos que te lleva a las playas de Finch Bay (el hotel más caro del país) y caminas un aproximado de tres minutos y estás ahí, es un sueño de lugar y fue exactamente ahí donde encontré el sentido de la frase de Cabral: no estaba aburrida, estaba distraída de la vida, distraída de lo perfecto que puede ser simplemente sentarte a mirar, pero a mirar en serio, a escuchar de verdad. 

Me quedé en Playa de los Alemanes muchísimo tiempo, el mar es tan tranquilo, tan pacífico, entrega tanta calma, que simplemente es perfecto. Como dato, en la mañana es un escenario desolador, parece que estuviéramos en una zona de guerra, nada que ver con el paraíso que se arma en la tarde.

Ese día, como llegué tarde, no visité nada más. Mi amiga me había advertido que debía llevar repelente, hice caso omiso y pagué carísimo las consecuencias, realmente los mosquitos me acabaron en una hora, nunca más volví a salir sin repelente en Galápagos, tomen en cuenta esto y luego no digan que no les advertí.

Al otro día hice parada obligatoria en Tortuga Bay, me hablaron maravillas del lugar y creo que todas las descripciones se quedan cortas, y aún cuando yo pudiera contar algo sobre Tortuga, lo mejor es estar ahí; yo les resumo diciendo que vi un espectáculo que creo que nunca se repetirá en mi vida, una tortuga marina en su traslado desde ovopositar hasta sumergirse de nuevo en el mar. Se demoró mucho (porque es una tortuga) pero yo disfruté muchísimo porque esas son cosas únicas en el mundo que para volver a vivir simplemente habría que volver a nacer.

Pasé playa brava en Tortuga y me quedé en playa mansa que es simple y llanamente, un sueño, un golpe de felicidad en la cara, la mano del amor tocando tu cabello y soplando el viento dentro de tus pulmones. Todo lo que se diga de Galápagos es igual o más, y es real. 

Esa misma tarde estuve en Las Grietas, un destino increíble, que igualmente nunca imaginé ver, no imaginé vivir, me sentí tan afortunada de haber visto ese espectáculo, de haber vivido esa experiencia, que no puedo más que recomendarla, es un ensueño de lugar, es como sacar del mejor de tus deseos una partecita. Nadé muchísimo, hice muchísimo ejercicio sano, recibí el agua saladita, heladita, deliciosa, y con cada pataleo en el agua una limpieza a mi corazón, como un rebautizo de las cosas buenas que tiene la vida para mí. Encantadas no son las islas, encantada se queda una de estar ahí. 

Finalmente, como no iba a estar más tiempo, al día siguiente visité el Garrapatero, los túneles de lava, la laguna de las ninfas y el Rancho Primicias donde están las tortugas. Debo decir que los lugares son preciosos pero en el Garrapatero no pude nadar, muchísimas piedras y los pies ya me dolían de las caminatas previas, así que no lo disfruté tanto para ser sincera, pero los paisajes son preciosos, los espectáculos naturales que se presentan ante tus ojos son demasiado exquisitos, muy únicos, llenos de vida, de color, de cosas que nunca has visto y que no imaginas.

Mi visita a San Cristóbal merece una entrada completa así que eso haré, para la siguiente hablo de San Cristóbal. Por ahora recomiendo Santa Cruz de tal manera que no me caben los renglones, visiten las Galápagos y nunca se van a arrepentir porque no habrá sitio más bonito al que hayan ido o vayan después en toda su vida.