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12 jun 2021

Anécdotas docentes: El estigma

Hace unos años, era la profesora nueva que llegaba a dar clases de inglés en uno de los colegios en que trabajé. El Vicerrector académico me dice: tú, con tu carácter tan firme, te vamos a poner a cargo del grupo más difícil. A mí eso ya me pareció un indicador extraño de cómo se relacionaban con los chicos en aquella institución.

Sin embargo, el verdadero shock me lo llevé un día después, cuando una profesora que se jubilaba me dice -déjame ver tu lista de estudiantes-; yo se la paso y saca los ojos mientras exclama -uy, tienes a Daniel Salas*, ya desde ahorita puedes ir haciéndole perder el año.

Casi me caigo de la silla. No podía creer que una profesora pudiera decirme eso de uno de sus estudiantes. Como es sabido, los maestros empezamos clases antes de que los chicos ingresen, así que tenía muchas ansias de comenzar el año y conocer al famoso Daniel, que tan mala fama había ganado con esa docente, y la verdad no era la única que tenía una apreciación similar del estudiante.

Cuando el año escolar inició y me enfrenté a todos estos "estudiantes difíciles", descubrí como imaginaba, que estaban exagerando y que era muy triste cómo veían a los estudiantes allí. Llegó finalmente el turno de conocer a Daniel, sin duda era un muchacho rebelde, indisciplinado, irrespetuoso, no negaré que la primera clase la transformó en una pesadilla para mí.

Joven como era, decidí hacer uso de esa característica para quedarme a solas conversando con él luego de la clase, me parecía mejor tomar al toro por los cuernos. Descubrí un muchacho solitario, con una madre con cáncer, un padre que hacía todo lo que podía para abastecer su hogar y a su familia, y sorpresivamente, el chico era muy bueno en inglés, solo que toda la vida le habían hecho creer que era el peor de su clase y de la escuela.

Daniel se transformó en uno de mis mejores estudiantes, y en las casas abiertas o exposiciones yo siempre lo ponía a él primero, para destacarlo y que todos notaran lo equivocados que estaban. Pero quitarle su mala fama no iba a ser tan fácil. Un día, llegan a la inspección los niños de octavo de básica a decir que dos estudiantes estaban haciendo actos indebidos en el aula. La inspectora fue y encontró a una estudiante manteniendo sexo oral con Daniel.

Lejos de ser una narración moral, quiero transformarla en una narración cronológica de los hechos. Se hizo una comisión disciplinaria y decidieron expulsar a Daniel. Nadie le preguntó nunca su versión de los hechos o cómo pasaron las cosas. La responsabilidad cayó sobre él y la chica fue catalogada y tratada como una víctima.

Como nadie se había dado el trabajo de conversar con él, o de preguntar nada, yo me senté con él en el patio y le pregunté lo obvio, qué pasó. Él me cuenta que la chica lo había besado, eso fue lo que vieron los otros compañeros y segundos antes de que llegara la inspectora, la chica se agachó, le bajó el calentador, y eso fue lo que vieron. Es cierto que él no se negó, sin embargo ella fue quien inició la actividad, y debió ser sancionada al igual que Daniel.

El tiempo me dio la razón, el año siguiente, encontraron a la misma chica en un baño del colegio teniendo relaciones sexuales con otro estudiante, una vez más iniciado por ella.

Daniel perdió el año, no conmigo, sino con otros de los docentes que desde que iniciamos ya tenía en su mente que el chico iba a perder el año por todo lo malo que en él veían. Yo recuerdo con cariño a Daniel, recuerdo sus perspicaces ojos verdes, y su sonrisa malévola que se transformó en mi aliada. Aún ahora estamos en contacto y suele recordarme que nadie vio en él lo que yo vi.

A mí me queda repreguntarme por enésima vez, qué hacen en la educación este tipo de personas que ni siquiera le dan al ser humano la posibilidad de cambiar, de ser otros, de intentar hacer las cosas mejor que en el pasado. Ahí comenzó mi obsesión con la educación, porque como Daniel, hay decenas de estudiantes que llevan sobre sus hombros la carga de lo que pasó antes, de lo que hicieron ayer, de una reputación que les violenta y que llevan consigo muchos años, creyendo que en serio son malos, tontos, insuficientes, malcriados, etc.

*El nombre fue cambiado para precautelar la identidad del chico.

7 jun 2021

Anécdotas docentes: De tal palo, tal astilla.

Una de mis estudiantes tenía una vida privada compleja, su madre la había tenido a muy corta edad y su padre la despreciaba; él incluso había llegado a afirmarle a ella misma, que si la iba a visitar o a ver no era porque le interesara sino porque buscaba regresar con su mamá.

Esta criatura era educada por su abuela, quien era una mujer con una historia similar a la de su hija, y estaba sola a su cuidado. Con el tiempo entenderíamos en la escuela la influencia que tenía la señora en la educación de la niña.

Un día, vino a visitarme su abuela, pues la niña le había dicho que yo le dije que era tonta, fea y negra, entre otros adjetivos que yo, por supuesto, nunca usé. Lo cierto es que el departamento de psicología de la escuela me llamó a preguntar por qué reaccioné de esa manera con la niña, a lo cual contesté que no era verdad.

A las semanas siguientes, yo recibía al menos un mail al día, y dos visitas a la semana en relación a las cosas que le decía a la niña. Ella aseguraba que yo le había dicho que me reconocía en ella porque era una niña rebelde que perdió tres veces el año, y que ser así de irreverente era algo que estaba muy bien.

Cuando las mentiras de la criatura salieron de control, hubo un ejercicio del departamento de psicología en que estaba mucha gente involucrada, ahí, frente a mí, la niña volvió a sostener que yo le había dicho lo de perder el año tres veces, y que ella era negra, tonta y fea. Para mí fue un shock muy grande, pues la representante del departamento de psicología me supo manifestar que la palabra de la niña tenía más validez que cualquier cosa que dijera yo.

Al acabar esa reunión, yo lloraba tanto que la misma niña se acercó a ofrecerme disculpas por mentir, pues era su abuela la que le enseñaba a mentir porque decía cosas en casa para ocultar su presencia a su padrastro y tenía con ella prácticas tóxicas, que yo inmediatamente comuniqué a la psicóloga. A partir de que la psicóloga confrontara esto con la abuela de la niña, ella adquirió una fijación en contra mía.

Con el tiempo entendí que siempre debía tener un testigo cuando hablara con la niña, y evidencia de cualquier índole. Para mi sorpresa, las cosas no terminaron allí.

Era el programa de navidad, y entre la locura de las presentaciones nos habían asignado la obra de teatro, es decir el evento central, el auditorio era tres pisos arriba de nuestra aula y había quienes, como siempre, se olvidan algo en el aula, o dejaron algo por allí. Lo cierto es que multitudes de personas van y vienen sin parar de un lado a otro.

El evento de navidad es el último antes de las vacaciones de diciembre y el regreso a la escuela se hace en enero. Cuando el evento terminó, y dejamos todo limpio y listo, salimos a comer con varios compañeros de trabajo. Al querer pagar la cuenta me percaté de que mi billetera no estaba, así que tuve que pedirle al jefe de servicios que por favor me abra el colegio al día siguiente, un domingo.

Llegué al aula y no encontré nada, y yo estaba segura que nunca saqué mi billetera de la cartera. Sin vacaciones porque tuve que sacar todos los documentos de nuevo, me resigné y me enfurecí, pues era la segunda vez que algo mío desaparecía en un evento con padres. Se lo comuniqué a mi jefa y ella me dijo que escriba a los padres, a ver si alguien vio algo.

Inmediatamente supe que era algún padre, porque mi aula siempre permanecía abierta, mis cosas siempre estaban a la mano, y jamás durante clases mis niños se acercaban o tocaban nada. Si solo pasaba en los programas escolares, es porque alguien que ingresaba justo allí era quien tomaba las cosas.

Llegó enero. Ya había sacado mis papeles de nuevo, y había comprado una nueva billetera. Cuando llegué al colegio, una compañera de otra sección me detiene en la puerta y me dice que la abuela de esta niña, la que mentía, la había llamado debido a que quería saber si había cámaras en las aulas porque yo había culpado a su nieta de robarme la billetera. El dato curioso es que yo nunca mencioné a los padres qué era lo que me habían robado, así que era impresionante que lo supiera.

Corrí a contarle esto a mi jefa, quien me llevó a las cámaras de seguridad, que grababan hasta 15 días atrás, pero ya habían pasado muchos por lo que yo no tenía mucha esperanza. Igualmente revisamos y efectivamente, notamos cómo en la cámara se ve a la abuela de la niña en actitud sospechosa; en honor a la verdad, no se le ve directamente tomar la billetera, pues las cámaras registran los pasillos y no las aulas, pero es evidente que retorna a hacer algo que la deja notablemente nerviosa después, y arroja algo en el basurero del baño.

Cuando escribo a los padres un nuevo mail mencionando que, debido a lo ocurrido, ningún padre de familia podrá volver a permanecer en el aula sin mi presencia, la abuela de la niña llega al otro día a decirme que se siente muy preocupada de las "desapariciones" de mis cosas. Jamás se desapareció nada de ninguna criatura. Yo la miro a los ojos y le digo: ya sé quién fue, porque vi el video de la cámara.

Los ojos y la cara de esa mujer cambiaron a espanto, por supuesto nunca me devolvió nada, pero yo me encargué de comunicarlo a todos mis compañeros. La señora nunca más volvió a aparecer en la escuela, y a partir de allí, dejó de ser la representante de la nena, para que sea la real mamá, la que haga frente.

6 jun 2021

Anécdotas docentes: El niño perdido

Pensando en el nuevo aniversario de Voulez Vous y el camino docente que, por accidente, he recorrido; he decidido compartir unas anécdotas docentes en estos 12 años de trabajo que marcaron lo que he aprendido de mis estudiantes niños, adolescentes y adultos, y lo que me enseña esta labor en la que se permanece por vocación y con pasión.

En esta primera entrega, tomo como referencia uno de los trabajos que realicé como monitora en un campamento vacacional, ya habíamos hecho varios, y el inmediato anterior había sido un éxito rotundo, tan es así que me invitaron a participar del siguiente a pesar de que yo había mencionado mi deseo de retirarme de los vacacionales porque consideraba ya no tener edad para el desgaste físico y la demanda anímica que requieren los chicos en vacacionales, que sin duda es una energía distinta y mucho mayor que un año escolar común.

Acepto el reto y viajamos a Latacunga para hacer este vacacional en una empresa del sector, donde las familias tienen orígenes muy humildes, y acumulan múltiple descendencia. Cada trabajador tenía al menos tres hijos, y a todos ellos se les ofertó un vacacional gratis. Como el vacacional en Quito, de donde era originaria la empresa, había sido un acierto y todo mundo terminó feliz, llegar a Latacunga con esas altas expectativas nos hacía sentir orgullosos como equipo.

En Quito habían sido 100 niños, así que el equipo cubrió bien el trabajo. En Latacunga, eran 500 niños, por lo que casi triplicamos los trabajadores para este segundo vacacional e hicimos base en Latacunga ciertos monitores para dar un respaldo más fuerte al seguimiento de todos los chicos.

El primer día del vacacional, elegimos una hacienda gigante cerca de Laso, donde entrara toda la gente. Todo el día transcurrió normal, comimos, jugamos, compartimos, todo estaba como se espera en un primer día, niños que extrañan a sus familias, otros que la pasan muy bien. Nada fuera de lo común.

Se acabó el día, y al subir a los buses escolares que nos llevaban de regreso a Latacunga, algo sucedía y los buses no arrancaban, le pregunto al chofer del bus en que yo iba y del cual yo estaba a cargo, por qué no nos movíamos. Me dice que no le dan la orden de salir. Acto seguido llega el jefe de nuestro equipo y me dice: ¿cuántos niños tienes a bordo?, 45 respondí. ¿Contaste bien?. Sí, claro.

Sale disparado de mi bus y yo vuelvo a contar, y a pasarles lista por cualquier cosa. El monitor jefe vuelve y me dice, dales estos chupetes y vuelve a contar, no aparece uno de los niños. Cuando te asegures de que todos están, dile al señor del bus que cierre la puerta, nadie puede salir. Y te bajas, porque hay que ayudar a buscar.

Así hice, por tercera vez conté a los niños a mi cargo, les di chupetes, revisé la lista, hablé con el chofer del bus. Me bajé.

Esto sería a la salida de la primera jornada, a eso de las 13h15. Comenzamos a buscar en un campo abierto de hectáreas de terreno que colindaba, entre otros, con haciendas ganaderas y un río, en la hacienda donde estábamos había muchísimos animales, así que exploramos los establos, los gallineros, revisamos por baños, patios, casas, lagunas, visitamos varias veces las vacas pensando que quizá nuestro pequeño amigo se había quedado por allí temeroso; buscamos donde los conejos, en el corral de los pavos, etc.

Con el pasar de los minutos comenzaban las llamadas de los otros padres, que esperaban el retorno de sus hijos y los buses no salían hasta que no encontráramos al niño, dentro de quienes buscábamos estaba la jefe de recursos humanos de la empresa a la que le dábamos el vacacional, fue justamente de su bus del que desapareció el niño.

Este niño había ido con su hermana al vacacional, ella no paraba de llorar y buscaba con nosotros, a cada rato le preguntaban si estaba segura que su hermano subió al bus, cuándo fue la última vez que lo vio, cómo iba vestido. Nosotros revisábamos una y otra vez la lista de los buses, la que se hace antes de que los niños suban a los buses, a ver si el niño aparecía y efectivamente, en tierra había estado hasta la última vez que se tomó lista, lo cual indicaba que debía haberse subido al bus.

Empezaba el pánico al pasar las horas, buscábamos en los terrenos colindantes con ayuda de los dueños de la hacienda y los vecinos, buscamos en las riveras del río con un nudo en la garganta y con la seguridad de que nos iban a despedir ni bien llegáramos de vuelta, y no podíamos regresar sin el niño.

Daban las 17h30 de la tarde cuando escuchamos gritos, todos volvimos corriendo al centro de la hacienda, donde se encontraban los buses, los que gritaban, eran los niños del bus de la mujer de recursos humanos, el niño perdido, había estado allí siempre, se había quedado dormido debajo del asiento del final, en un rincón. Y, dormido como estaba, nunca escuchó ni la lista, ni los llamados, ni el llanto de su hermana. Debajo del asiento final del bus, había permanecido sano y salvo.